viernes, 29 de abril de 2011

De humilde ermita a Catedral Universal

Tras el hallazgo, el rey Alfonso II el Casto viajó al lugar donde se encontró el Arca Marmórea, con los restos del Apóstol Santiago el Mayor, y ordenó levantar sobre aquel santo sepulcro una pequeña ermita que era, apenas, un reducido oratorio de adobe y piedra. Pronto, algunos grupos de órdenes religiosas se instalaron cerca del pequeño santuario, encargándose de su cuidado, y el Obispo Teodomiro estableció en aquel lugar la sede episcopal, compartiéndola con Iria Flavio, localidad en la que había estado hasta entonces.

Más tarde, ante la incipiente afluencia de peregrinos, sería necesario construir un nuevo edificio y así, en el año 872, el rey Alfonso III ordenó erigir una basílica de piedra más grande. A su alrededor, poco a poco, fue creciendo la ciudad. Una ciudad que convenía proteger, por lo que, en el siglo X, el Obispo Sisnando II la hizo rodear por una muralla.

Sin embargo, de poco sirvió cuando, en el año 997, llegaba Almanzor a Compostela y arrasaba, junto a la muralla y la basílica, la ciudad símbolo del occidente cristiano.

Cuando esto sucedió, la población, prevenida de la llegada del caudillo andalusí, huyó a refugiarse en las afueras de la ciudad, por lo que Almanzor sólo encontró allí a un viejo monje que rezaba postrado ante una tumba. Entonces, magnánimo, decidió respetar su vida y el sepulcro que cuidaba. Aquel anciano, que había quedado guardando los restos del Apóstol, era el Obispo Pedro de Mezonzo, que más tarde sería santificado. El mismo dirigió después la reconstrucción de la ciudad y su Santuario.

Ante la amenaza que suponía la proximidad de las tropas musulmanas y los ataques vikingos, el Obispo Cresconio hizo construir, a mediados del s. XI, una nueva muralla de dos kilómetros de perímetro, con siete puertas de entrada que detallamos al final de este capítulo.

Poco tiempo después, se hizo evidente la necesidad de construir un santuario mayor, con capacidad para recibir a tantos visitantes como llegaba. Así, en el año 1075, durante el reinado de Alfonso VI, se inicia la construcción de la Catedral Románica a la que se unirá, posteriormente, el resto de espacios que lo componen en la actualidad: el claustro, las diferentes capillas que hay en su interior, su hermoso Pórtico de la Gloria o su característica fachada de la Plaza del Obradoiro, hasta configurar el hermoso conjunto arquitectónico que conocemos hoy.

Sin embargo, la ciudad seguirá creciendo fuera de los muros que la rodean, y en aquellos terrenos extramuros se irán levantando nuevos monasterios, palacios e iglesias que enriquecerán aún más, si cabe, su patrimonio arquitectónico.

Con el paso de los años, debido a ese crecimiento, aquella vieja muralla terminará siendo derribada en el s. XIX.

Pero aún hoy, los límites de aquella zona que quedaba dentro del muro defensivo, son fácilmente reconocibles.

Los compostelanos la llaman Zona Vella.

Aquel sepulcro que se anunció a Pelagio con unas luces en el cielo se iba a convertir en el germen de una gran ciudad. Una ciudad próspera y activa, que concentra en su interior un amplio y variado muestrario de arquitecturas, arte y cultura, de los que se puede disfrutar con tan sólo pasear por sus calles y plazas.

Una ciudad que atesora valiosas reliquias y de la que nace una de las rutas de peregrinaje más importantes del mundo: el Camino de Santiago, hilo conductor de culturas por el que llegarán no sólo peregrinos desde todos los rincones de la cristiandad sino también gran número de artistas, intelectuales y comerciantes que conformarán, ya desde el Medievo, una de las hermosas y universales ciudades de Europa, una ciudad que ha llegado a ser, sin la menor duda, Patrimonio de la Humanidad.


Las puertas de la muralla


- La Puerta del Camino o Puerta Francígena, por donde entraban los peregrinos que llegaban por el Camino Francés.
- La Puerta de la Peña, por donde entraban los procedentes del Camino Inglés. Su nombre viene por las muchas rocas que había en la zona. Hoy está allí la Praciña das Penas.
- La Puerta de Mazarelos, por donde entraban las mercancías para el mercado. Es la única que se conserva.
- La Puerta Faxeira, llamada así por estar poblada de hayas. Servía de entrada para los que hacía el Camino Portugués.
- La Puerta de la Mámoa o Puerta de Susannis, por donde entraban los procedentes de la Vía de la Plata.
- La Puerta de la Trinidad o Puerta del Santo Peregrino, próxima del Hospital Real y por donde entraban los procedentes de las zonas de Finisterre y Noya.
- La Puerta de Sofrades (Subfratribus) o Puerta de San Francisco, por su proximidad a este convento.

Más tarde, entre los siglos XIII y XV, se abrieron otras puertas: la de las Algalias, la de San Fiz y la del Souto.






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Historia de la Catedral de Santiago.







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El hallazgo de los restos atribuidos al apóstol Santiago convirtió a Compostela en uno de los centros principales de peregrinación de la Cristiandad. También hizo necesaria la construcción de un templo que los albergase, una gran catedral que se proyectó y comenzó a edificar durante el último tercio del siglo XI.

La catedral debía no sólo ser un templo, sino también una fortaleza, el castillo del arzobispo. Santiago se alzaba así en posición de igualdad con respecto a Jerusalén y Roma, que miraba recelosa hacia su competidora. Allí llegaban cada año miles de peregrinos de toda Europa, impulsados por la fe. Estos debían superar un sinnúmero de dificultades a lo largo del camino y, por tanto, a su llegada habrían de quedar maravillados ante la vista de un magnífico edificio, a la altura de los restos que custodiaba.

Los peregrinos iban en grupo y habían hecho testamento antes de salir. La ruta podía durar, si todo iba bien, entre uno y dos meses. Sus vestimentas eran austeras, e incluso algunos habían de viajar desnudos, como los homicidas, que esperaban así lograr el perdón del Santo.

Sobre las ropas llevaban una concha, símbolo del Apóstol y de la sabiduría y bondad que lograrían al llegar a Compostela. Un bastón, representación del tercer pie y de la Trinidad, les ayudaba a caminar. De él colgaba una calabaza con la que transportaban agua para el camino. Por último el zurrón, que contenía las provisiones, debía estar hecho de la piel de un animal encontrado muerto, símbolo de la mortificación de la carne.

El viajero, el peregrino, también debía ser instruido. Por eso se tallaron complicadas escenas, como en la Puerta de Platerías, que ilustran acerca de la vida de los santos y los hacen más accesibles a sus fieles.

Pero la culminación de la escultura románica en España es el Pórtico de la Gloria. En él su autor, el maestro Mateo, presenta en todo su esplendor el reino de los cielos, dominado por la figura del Salvador.

Paradigma del estilo románico, las obras finalizaron en el año 1128. Aunque su aspecto interior ha permanecido intacto, el exterior ha sufrido una transformación con las reformas introducidas en el siglo XVIII, ya en pleno periodo barroco, que hacen de la catedral de Santiago un templo muy diferente del que fue en origen.