
¡Que humilde grandeza la de Dios hecho hombre! ¡Y cuánto orgullo nos invade a los hombres para decir, simplemente: «Te perdono»!
¡Perdonemos y pidamos perdón! Esforcemos en perdonar a quienes nos vilipendian, a quienes nos ofenden, a quienes nos desprecian, a quienes nos acusan, a quienes nos juzgan. Por muy grande que haya sido el perjuicio que nos hayan causado. Perdonar no significa estar de acuerdo con lo que ocurrió ni dar la razón a quien te perjudicó. Perdonar significa ser misericordiosos.
¿Estamos resentidos? ¿Nos cuesta aceptar los errores ajenos, en el trabajo, en la familia, en la comunidad? Y nos hemos preguntado: ¿Acaso no estoy yo lleno de miserias y contradicciones? ¿Acaso no cometo yo errores? Cómo buen cristiano, ¿No debo ser un ejemplo de la misericordia infinita?
Juan Pablo II nos dejó escrito un bello párrafo sobre el perdón en una de sus homilías: «El perdón es alegría de Dios, antes que alegría del hombre. El empeño, las iniciativas, el trabajo de cada uno y de cada comunidad deben ser testimonio evangélico, enraizado en la experiencia alegre del amor y del perdón de Dios». En el perdón está el verdadero poder del amor. Y gracias al perdón y al saber perdonar, con corazón humilde y contrito, se liberan muchas de las ataduras que atenazan nuestra alma.

ORACIÓN:
Señor, te pido la gracia de poder perdonar a todos los que me han ofendido en mi vida. Sé que Tú me darás la fuerza para perdonar y la capacidad de comprender en lugar de juzgar.