
Al igual que ocurre con María –la llena de gracia, la reina de los profetas, la Madre, la esposa, la amiga, la consoladora, la reina de la familia y de la paz…-, el cristiano no puede gozar de una plena vida espiritual si no logra una buena armonía entre su gozo y su temor de Dios. ¿Acaso María no se vio necesitada de apoyo para entender la voluntad divina? ¿No le surgieron vacilaciones antes de comprender porque encontró gracia ante los ojos de Dios? Desde el instante de Su sí, el corazón de María no duda. Actúa como sierva, madre y mujer fiel, humilde y agradecida. Su fe es firme e inquebrantable. Queda de este modo consumada la oración de la disponibilidad sin límites, del amor sin límites, de la generosidad sin límites. El sí inquebrantable y valeroso de la fe.
Este cuadro nos invita a meditar precisamente sobre ello. Los cristianos no debemos temer dar un sí contundente al Señor. No negar jamás nuestra vocación de hermanos de Jesús, el hijo de María. Nuestro corazón debe entregarse sin reservas a la voluntad de Dios. Y comportarse con el mismo ejemplo, humilde y fiel, con el que actuó nuestra Madre. Así, nuestra fe será tan inquebrantable como la suya.
ORACIÓN:
Dios todopoderoso, que, según lo anunciaste por el ángel, has querido que tu Hijo se encarnara en el seno de María, la Virgen, escucha nuestras súplicas y haz que sintamos la protección de María los que la proclamamos verdadera Madre de Dios.