viernes, 28 de enero de 2011

La galga misteriosa (Palencia)

Estaba un labrador de Astudillo arando sus tierras una mañana calurosa de primavera y vio llegar a una mujer al arroyuelo que había cerca. Al hombre le entró la curiosidad de saber quién podía ser y se aproximó a la orilla pensando que quizá hubiera venido a refrescarse en las claras aguas. Pero sólo encontró un hatillo con la ropa de ella recogida entre unos juncos. Y no volvió a ver a la mujer ni a nadie en todo el día.

A la caída del sol, y cuando el labrador se preparaba para volver a su casa, apareció una galga blanca por la quebrada que lleva al arroyo. El animal andaba con una gran elegancia, casi como si no pisara el suelo, y atisbó y husmeó durante un buen rato alrededor del cañaveral en donde la mujer había dejado la ropa.
El labrador colgó el hatillo del yugo de uno de los mulos con los que araba y se encaminó hacia el pueblo.
-Así sabremos quién es la dueña de la ropa, cuando tenga que presentarse en cueros en Astudillo –barruntó para él.
Entonces, volvió a ver a la galga corriendo veloz en dirección a la yunta. Se arrimó al mulo y estuvo tirando del hatillo que colgaba en su costillar, pero por mucho que forcejeó no consiguió llevárselo porque estaba bien atado. El ganado sudaba más y más, cada pelo una gota, al sentir tan cercanos los colmillos de la galga, pero los mulos prosiguieron su camino. Al llegar a un término que llaman el Huerto Raso, se presentó ante el labrador una mujer desnuda a la que no había visto nunca. Junto a ella estaban una cabra y una vaca. Era morena y delgada, con una voz muy profunda. Y le dijo:
-Señor Silvestre, deme la ropa de una vez y no le haremos daño ni a usted ni a su familia.
-Eso, eso –corearon la cabra y la vaca que hablaban como personas-, o nosotras te lo haremos pagar.
El hombre se dio cuenta –en ese mismo momento- de que se trataba de brujas y temió por su seguridad y la de los suyos. No obstante, con el poco valor que le quedaba, el tío Silvestre encaró a la mujer y le contestó:
-Te daré el hatillo, pero antes tienes que decirme dónde habéis estado y que fechorías habéis hecho.
-Hemos estado chupando la sangre y los tuétanos a la hija más pequeña del médico.
-Pues si no hacéis que recobre al instante la salud no te devolveré la ropa.
-Sea –contestaron las tres brujas al unísono, cogieron la ropa y salieron volando por el cielo en dirección a Astudillo.

Cuando el tío Silvestre entró en el pueblo le contaron que la niña del médico, que era casi un bebé, había tenido unas extrañas fiebres, encontrándose a punto de morir. Pero que esa misma tarde acababa de salir de su extrema debilidad y reía y palmoteaba como si nada hubiera pasado.
-Parece cosa de brujas –sentenció la mujer del labrador cuando éste llegó finalmente a su casa.

Y el tío Silvestre sonrió para sí. No contó nada a su familia en los días siguientes, sino mucho más tarde, y sus hijos y nietos fueron quienes –a su vez- relataron después esta historia a otros de la manera que ha llegado hasta hoy.

Los relatos sobre personajes que, por un encantamiento debido a hechicerías de otros o por ser ellos mismos brujas y brujos, se transforman en distintos animales, resultan frecuentes en la tradición oral de muchas culturas. De hecho, son la expresión de una creencia extendidísima acerca de las facultades excepcionales que se les supone a todos aquellos que, en cualquier latitud, practican la magia. El tema aparece, así, en baladas, cuentos y leyendas de diferentes lenguas.

La versión escrita más famosa de este asunto en lengua española probablemente sea aquella debida a Gustavo Adolfo Bécker en su leyenda de «La corza blanca». El relato beckeriano, situado en Aragón durante la Edad Media, aún nos conmueve íntimamente, pues sólo pena podemos sentir ante el desgraciado amor del montero Garcés, que mata a lo que cree una corza y es, en realidad, la mujer de quien está enamorado: su señora Constanza (Bécker 1959: 233-252).

En su forma de cuento oral, estas narraciones han sido recogidas ampliamente en colecciones como la de Aurelio M. Espinosa, hijo, que ofrece muestras de metamorfosis de brujas y brujos en gatos, vacas, corderos y cabras (Espinosa, hijo, vol. I, 1987: 373-380).

De la versión recopilada por Espinosa en la localidad palentina de Astudillo, el 14 de mayo de 1936, tomo los elementos esenciales de mi texto. Aunque catalogado como cuento por el autor, este ejemplo reviste características que le acercan a la leyenda: el informante narra en primera persona su historia y atribuye el suceso a un bisabuelo suyo, de nombre Silvestre, que se habría encontrado con la galga –que es una bruja- cuando estaba arando en un paraje al que también se le aplica un topónimo concreto (Espinosa, hijo, vol I. 1987: 377-378).

Aunque no tan poético como el relato de Bécker, el cuento –leyenda de saber rústico y campesino recogido por Espinosa es de una índole no menos inquietante: aquí, las brujas –lejos de burlarse del perseguidor- acosan y amenazan a éste con todo el poder de su magia. Si bien el labrador consigue, no sin astucia, que el encuentro que podía haber resultado también trágico, alcance un desenlace más o menos feliz.

martes, 25 de enero de 2011

Sé Feliz

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Un hermoso vídeo que nos deja la sensación de belleza que esta vida realmente nos ofrece a través de un pequeño libro que nos ayuda a ser felices, a motivarnos, a alegrarnos y a crecer personalmente.









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jueves, 20 de enero de 2011

El talento recibido

Mary Cassatt, pintora americana afincada en Francia, entabló gran amistad con los grandes artistas impresionistas de su época, que la protegieron y encauzaron por los senderos del arte. Sus cuadros, preciosistas y llenos de pequeños matices, estudiaron la figura humana y retrataron estampas de la vida cotidiana. Uno de los más célebres es el de esta mujer –con vestido de tonalidades blancas- cosiendo a la sombra de un árbol, que recoge un programa de vida humilde, de honrada laboriosidad y de piedad sencilla. La pincelada honesta de la artista nos ha querido transmitir un mensaje honesto: la necesidad de sacar partido a los talentos que cada uno recibe de Dios. Dos virtudes que se funden en una, laboriosidad y diligencia. La joven, resaltada por las flores rojas que rodean su figura, atenta a sus trabajo, manifiesta celo por hacer bien una tarea sencilla. La imagen nos recuerda que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, por sencillo que éste sea, puede convertirse en un quehacer divino porque toda la grandeza del trabajo bien hecho es grandeza del hombre. Laborioso es aquel que sabe sacar provecho del tiempo, que ofrece su trabajo a Dios y pone atención en lo que hace. Trabaja con amor, con interés y con diligencia. Sabe lo que hace de manera responsable. Ante Dios, ningún trabajo tiene por si mismo más valor. Él lo valora con el mismo grado de Amor con el que el hombre lo realiza. Trabajar es sólo un primer paso, cuando se hace bien y con cuidado es cuando se convierte en una virtud. La desidia, la dejadez y la vagancia es cosa de cobardes. De ahí que la labor de cada día ha de ser siempre impecable porque no deja de ser una ofrenda a Dios.
















ORACIÓN:

El trabajo, Señor, de cada día nos sea por tu amor santificado, convierte su dolor en alegría de amor, que para dar tú nos has dado. Paciente y larga es nuestra tarea en la noche oscura del amor que espera; dulce huésped del alma, al que flaquea dale tu luz, tu fuerza que aligera.

martes, 18 de enero de 2011

Semana de Oración por la Unidad

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“Unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración”.
(Hch 2, 42)












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Oraciones para 2011.

sábado, 15 de enero de 2011

Signos y símbolos de la peregrinación

El Camino hasta Santiago está repleto de signos y enseñas








Célebres son los signos y enseñas con que el peregrino jacobita muestra su condición, y por ellos se le reconoce al punto. Así le sucediera a Sancho, cuando «vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con sus bordones, de estos extranjeros que piden la limosna cantando…» Y no resulta extraño que reaccionara con sorpresa y cierta guasa al reconocer a su vecino, el morisco Ricote: «¿Quién diablos te habría de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que traes? Dime quien te ha hecho franchote y cómo tienes atrevimiento de volver a España…» (DQM, II, 54). Hacia pocos años que una pragmática del rey Felipe II había prohibido el hábito de peregrino a los naturales del país, en evitación de unos abusos y galloferías tan comunes que se habían convertido en un medio de vida asociado a la limosna, al Guelte, según dicen en germanía los romeros que encuentra a su paso nuestro ex gobernador de Barataria.

En verdad que mudarse en peregrino no parece tarea difícil, habida cuenta de la sencillez de su compostura y las escasas variantes que ésta ha tenido durante centurias. Sin embargo, hacerlo de veras supone muy diferente empeño, ya que la auténtica peregrinación transforma al caminante con tal intensidad que su indumentaria se ha de convertir en el aspecto en que se reconoce a sí mismo, razón por la cual suele enterrarse de aquella guisa, e incorpora esos distintivos a su escudo, a su retrato o, incluso, a su nombre. De la misma manera que el caballero surge de la toma de sus armas y de su montura, pero sobre todo del compromiso con el espíritu de la caballería, el caminante devoto, una vez asume el convencimiento de un nuevo carácter, adquiere una imagen reconocible mediante la adición de dos componentes: la indumentaria que requiere su empeño viajero y los signos que revelan el motivo de su viaje.

Dejemos al Arcipreste de Hita (en el Libro del Buen amor, escrito hacia 1340) una descripción inicial, si bien jocosa:

«El viernes de indulgencia vistió una esclavina,
gran sombrero redondo, mucha concha marina,
bordón lleno de imágenes, en él la palma fina,
esportilla e cuentas para rezar aína.
Los zapatos redondos e bien sobresolados,
echó un gran doble sobre sus costados.
Gallofas e bodigos lleva allí condensados:
destas cosas romeros andan aparejados.
Debajo de su sobaco va la mejor alhaja:
calabaza bermeja, más que pico de graja:
bien cabe un azumbre e más una miaja:
non andarían romeros sin esta sufraja.
…. Luego aquella noche, se fue a Roncesvalles.
¡Vaya e Dios la guíe por montes e por valles!».

En efecto, los ropajes básicos del peregrino son asimismo los del viajero: el sombrero de gran ala, el capotillo o esclavina sobre los hombros (la pelerina, del francés pèlerine), de cuero, frecuentemente untado para impermeabilizarlo contra la lluvia y la nieve, y un ropón o sobretodo amplio, contra el frío. Cabe recordar los muy contrastados climas que el caminante recorre hasta Santiago: los puertos montañosos, la meseta de rudas heladas y asfixiante insolación (desnuda de árboles, según la queja de casi todos ellos), la brumosa y húmeda Galicia… Pero son estas tan sólo vestiduras de contingencia, de ahí que a veces se proceda a quemarlas ritualmente en la cruz dos farrapos, llegado a Santiago.

A este atavío, que pese a su simplicidad asume los rasgos de un acto de diferenciación, se añaden dos elementos imprescindibles para el caminante y que le confieren personalidad definitiva: el bordón y la bolsa. Ambos adquieren la categoría de atributos principales que sanciona el Liber Sancti Iacobi en uno de sus sermones calixtiinos (I, XVII: Veneranda dies…): «No sin razón los que vienen a visitar a los santos reciben en la iglesia el báculo y el morral bendito», pasando a continuación a describir el ritual de la bendición de esta impedimenta y mencionando su nombre en italiano (escarcela), provenzal (espuerta) o galo (isquirpia). Esta benedictio perarum et baculorum se corresponde con su importancia como símbolos de la empresa a realizar, auténticas armas del viajero, signa peregrinationis, pues los otros signos que después comentaremos no son sino conquistas postreras, certificaciones de paso, emblemas hallados en el camino, no hechos para caminar.

El Liber, también, insiste en su significación y sentido simbólico. Así, el pequeño tamaño de la escarcela «designa la esplendidez en las limosnas y la mortificación de la carne… es saquito estrecho, hecho de la piel de una bestia muerta, siempre abierto por la boca, no atado de las ligaduras…» Hasta el hecho de su fabricación en piel es asociado a la voluntad de sufrimiento del peregrino (en otro lugar del Liber se hablará de su confección con cuero de ciervo y se advertirá del engaño que supone hacer pasar por ésta la de un animal doméstico), mientras que su apertura simboliza la largueza y disposición solidaria del piadoso. El bordón, a su vez, es un «tercer pie para sostenerse» y simboliza la fe en la Trinidad a la manera de defensa, como lo es contra lobos y perros el mismo bastón. Suele superar la envergadura del romero, y consiste apenas en un largo astil con alguna moldura para asirlo mejor, una contera metálica en su ápice inferior, un gancho en el tercio superior para suspender la calabaza o la esportilla y en ocasiones se remata en un pomo.








Estatua de un peregrino junto a la iglesia de Santa María de Villalcázar de Sirga o Villasirga que, literalmente, significa "la villa de la calzada"








Tenemos, pues, un discreto zurrón, que en los primeros tiempos de la peregrinación parece haberse fabricado en pequeño tamaño y formato cuadrangular, pero haber jugado un papel iconográfico de primera fila, pues era el espacio reservado para la manifestación de las insignias o enseñas de peregrino, como demuestran los más antiguos testimonios artísticos. Tanto el Santiago de Santa Marta de Tera (Zamora) como el Cristo de Meaux en el machón del claustro de Silos, el apóstol de la Cámara Santa ovetense o el significativo altorrelieve de Maguncia que figura a Santiago repartiendo bordones y esportillas con la venera (a veces en pares o, incluso de tres en tres en cada saquito), nos muestran un peregrino al que ya en el siglo XII se reconoce, fundamentalmente, por este sencillo morral que exhibe la concha venera. Su importancia, de hecho, dio lugar a un desarrollo patronímico (los Esportela o Portela) y heráldico, tal y como ocurrirá, con mayor éxito, a partir de la vieira.







Santiago de Santa Marta de Tera, en Zamora, con el sencillo morral que exhibe la concha venera







Pero mientras el zurrón con la concha parece tener más predicamento en la periferia o los desvíos de la ruta canónica, quizás como expresión de un anhelo de conexión con ella o porque en esos territorios cabe esperar una mayor caracterización del viajero como jacobita; en la urbe compostelana encontramos una forma de cayado que participa del báculo de la autoridad eclesiástica y de la referencia al caminante. Así lo sugiere el bastón de muleta o rematado en tau (T) del Santiago que preside el pórtico mateano, alusión a su predicación en las tierras más lejanas de la diáspora apostólica, a su primacía, pues, en el papel de peregrino en el finis terrae. Así, se vuelve a esta forma en ocasiones solemnes, como en el presente hecho a Santa Isabel de Portugal en su peregrinación de 1325, con el que será enterrada, reuniendo, de nuevo, las ideas de vara de soberanía y enseña de avance, de apoyo y autoridad. Todo bastón implica un mando, un instrumento de poder con el que se proyecta una vertical ascendente que enlaza la tierra con lo sagrado. De ahí que lo usen los profetas (para golpear una roca y que mane agua, por ejemplo) o los santos, de ahí que lo tengan los obispos y se apoyen en él quienes toman el papel del supremo peregrino. Su mismo manejo y movimiento implica su fortaleza, pues se anticipa a nuestra marcha e impele la misma, al tiempo que se antoja arma defensiva y fuente nutricia, pues de él cuelga la calabaza que mitiga la sed.








Estatua de un peregrino en Burgos con su bastón y la calabaza para mitigar la sed







Por otro lado, en todo tiempo y lugar los peregrinos regresan portando objetos cuyo sentido, no pragmático de manera directa, era para ellos mucho más amplio que el de meros testimonios de su marcha. Estos «residuos de santidad» prolongaban el contacto con lo sagrado y estaban santificados doblemente: por el lugar de su extracción y gracias al esfuerzo de su consecución. Ampullae, eulogia, encolpia, phylacterias… aparte las propias y «auténticas» reliquias, eran adquiridos en los santuarios orientales y añadidos a cuerpos y prendas al regreso. También abundaron los productos «no elaborados», desde piedra de los santos edificios o de las tumbas, hasta aceita de sus lámparas o agua de ríos y manantiales; o los «frutos naturales del lugar», como la palma de Jerusalén y la concha atlántica. En este caso, de forma significativa, un producto costero, pese a que Compostela no es ciudad marítima y, sin embargo, sí fue en la costa donde atracó la barca con los restos del Apóstol, al tiempo que la peregrinación se hace aún más «heroica» al remitir al no más allá de las tierras conocidas.

Pues por supuesto, en este segundo grupo de signos camineros la venera ocupa un lugar de privilegio iconográfico, simbólico y cronológico. Veamos lo que, al respecto, afirma el sermón que venimos citando: si la palma de Jerusalén «significa el triunfo, la concha significa las obras buenas…. Pues hay unos mariscos en el mar próximo a Santiago, a los que el vulgo llama vieiras, que tienen dos corazas, una por cada lado, entre las cuales, como entre dos tejuelas, se oculta un molusco parecido a una ostra. Tales conchas están labradas como los dedos de una mano y las llaman los provenzales nidulas y los franceses crusillas, y al regresar los peregrinos del santuario de Santiago las prenden en las capas para gloria del Apóstol, y en recuerdo de él y en señal de tan largo viaje, las traen a su morada con gran regocijo. La Especie de corazas con que el marisco se defiende, significan los dos preceptos de la caridad, con que quien debidamente los lleva debe defenderse, esto es: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo… Las conchas, acomodadas a la manera de dedos, significan las obras buenas, en las cuales el que dignamente las lleva debe perseverar, y bellamente por los dedos se simbolizan las obras buenas: de ellos nos valemos cuando hacemos algo. Por tanto, como el peregrino lleva la concha, así mientras esté en el camino de la vida presente debe llevar el yugo del Señor, esto es: debe someterse a sus mandamientos».

Aunque el Liber Sancti Iacobi explica su origen concreto en curaciones legendarias resueltas milagrosamente por Santiago, nos hallamos ante uno de los símbolos más complejos y ricos del repertorio peregrino, dotado de sentidos e interpretaciones simbólicas ancestrales. En ellos prevalece la noción de fecundidad, pues la creencia en las virtudes mágicas y protectoras de la concha, por su semejanza y asimilación a la vulva femenina, se remontan a la prehistoria (aderezos mortuorios a base de conchas), homologación atestiguada en numerosas culturas que vincula la fecundidad femenina a la fertilidad de la tierra, desde el neolítico.

Esta significación de la concha como receptáculo de revivificación desde la muerte, que nutre las leyendas del Codex, se formaliza, por ejemplo, en uno de los mitos griegos: el nacimiento de Afrodita, concebido por la unión entre la espuma marina y el miembro viril de Urano, mutilado por Cronos. La diosa se presentó ante los chipriotas montada en una concha, lugar donde se produjo la génesis divina, que pasará a ser uno de sus atributos y representaciones más habituales (recordemos la de Botticelli). No es preciso insistir si tenemos en cuenta que el nombre castellano y el gallego –venera, vieira- derivan del latino –venus, veneris-, raíz también del verbo venerar.

Además, ese carácter regenerativo pasó en el mundo cristiano a tener un sentido funerario, aunque ya antes había acogido interpretaciones escatológicas vinculadas a su producto: la perla. Así la ostra y la perla significan el sacrificio de una generación (la muerte del animal) en beneficio de la prosperidad de la siguiente (la perla). Esta debió ser la significación que tenían las conchas que señalaban las tumbas de los primeros cristianos, cuyos numerosos ejemplos apoyan la creencia de que éstas son, asimismo, el recipiente de la tumba cerrada que algún día ha de abrirse para dar salida a un nuevo mundo venturoso y edénico. Y el sentido que puede darse a su uso bautismal, recipiente del agua que otorga la vida religiosa al nacido.

En todo caso, la concha también tiene un uso práctico, consecuencia obvia del problema del abastecimiento del agua potable, para el caminante medieval en particular, desprotegido por la raquítica infraestructura de los caminos, ya sea como recipiente directo a modo de vaso o como símbolo propiciatorio. Este sentido se observa también en otras culturas, incluso lejanas, como el budismo chino, donde la concha augura un viaje próspero.

Por tanto, la concha del pecten maximus pasó a convertirse en la enseña mayo de la llegada a Compostela, incluso a despecho de santuarios más litorales, como Mont Saint-Michel, llegando a convertirse en emblema genérico del peregrino, allí donde encaminara sus pasos. De hecho, su éxito es tal que fue empleada cada vez con mayor asiduidad tanto en la vestimenta como el ajuar funerario del peregrino. Si en los siglos centrales de la Edad Media se ubicó preferentemente en la esportilla, desde el siglo XIV nos la encontramos cada vez más en el ala del sombrero replegada sobre la frente, lugar más prominente que se verá progresivamente sobrecargado con emblemas variopintos. En el siglo XVI el exceso de ornato la lleva a los hombros, a la esclavina y manto, al pecho, a la espalda… compartiendo espacio con los bordoncillos, las piezas de plomo, las calabazas en miniatura… en un exhibicionismo creciente que provoca, por ejemplo, la retranca de Tirso de Molina en una de sus comedias:

«…vuelvo agora
después de haber visitado
su sepulcro y su Padrón
a Castilla, publicando
mi devoción en las conchas
veneras y santiagos
de azabache y marfil
que, como es costumbre, traigo
en sombrero y esclavina»

Y en las tumbas ocurre otro tanto, pues también los muertos siguen un camino señalado por éstas, que les acompañan como ajuar.

Aún hoy, en Santiago o en sus caminos, la venera es el «símbolo mayor» de la ruta jacobea, sea en la imagen mercadotécnica de los xacobeos de la Xunta gallega, sea en la estilización que sirve de logotipo y señalización por parte el Consejo de Europa y cuya exégesis sígnica podría caber en otro sermón, ya que sus nervaduras se han transformado en los haces convergentes de las sendas que confluyen en este occidente condensado.

Ya en el medievo las conchas y otro tipo de enseñas fueron fabricados en plomo, estaño u otras aleaciones similares para prenderse de las vestiduras, con numerosas variantes a lo largo de la ruta según los rasgos iconográficos identificativos de cada templo (rasgos cuya variación era mínima con el tiempo, pues en ello se basaba su reconocimiento), de los que conocemos en especial piezas francesas y británicas datadas en los siglos finales de la Edad Media.

Estas enseignes o sportelles en francés, badges o tokens en inglés, más allá de su carácter de amuleto y recuerdo o souvenir debían certificar el paso del peregrino por los santuarios donde decían haber estado, una especie de divisas o avisos, de certificación y de devoción a un tiempo, que sin embargo no servían a efectos jurídicos como salvoconducto o prueba, en un intento de evitar así la picaresca que describe Feijoo en su Teatro universal: «Gran número de tunantes con capa de peregrinos… con el pretexto de ir a Santiago, comúnmente dan noticias individuales de otros santuarios de la cristiandad, donde dicen que han estado; y visitar tantos santuarios para devoción es mucho, para curiosidad y vagabundería nada sobra».

Este comercio de conchas y otros productos adquirió pronto tales proporciones que se reglamentó, y ya a principios del siglo XIII fue necesaria licencia (bajo pena de excomunión) para disponer de una tienda «oficial» en Santiago, que otorgaba el arzobispado, amparado por varios Papas. Incluso puede argumentarse que las manufacturas en plomo constituyeron un recurso para garantizarse el control de la producción frente a la difícil fiscalización de las piezas de molusco. La monarquía apoya el dominio de este lucrativo comercio, y Alfonso X legisla contra los que «fazen las sennales de Santiago d’estanno e de plomo e las venden a los romeros que vienen e que van para Santiago».

En Santiago se dispuso, además, de otro material para fabricar objetos de devoción, una piedra negra y dura que podía pulirse y ser esculpida: el azabache. Con él se realizaron numerosas representaciones tanto de amuletos como de veneras o del propio santo entronizado, a caballo o caminante. La producción de estos azabaches compostelanos culminó en el XV y principios del XVI cuando se separó del gremio de concheros, desde 1443, para reunificarse a mediados del XVI, síntoma de la regresión y el posterior declive en su comercio desde el XVII. De todas maneras, su complicada elaboración les hacía un producto costoso y al alcance de pocos bolsillos.








Amuleto de azabache con la concha del peregrino








El valor talismánico y curativo de este carbón petrificado se constata desde el Paleolítico y era apreciado en la Antigüedad. Plinio le llama Lapis gagates (de Gagas, en el Asia Menor). Bien fuese por sus propiedades magnéticas al ser calentado o por su desagradable olor al ser quemado, el hecho es que su carácter apotropaico se atribuyó bien al propio material (siglos XI-XII) o las formas que se daban a éste: cruces, aljarces, veneras, higas, etc. (siglos XV-XVI, sobre todo). Con él y aparte otras piedras de menor profusión (corales, ámbar, jaspe, ágata, cristal de roca…) se fabrican también numerosos tipos de amuletos, con una función similar al más común y tradicional: la figa o higa.

La función de la figa es protectora: librar a su portador del mal de ojo, de la mirada fascinadora, del fascinum. Su intención consiste en provocar un retorno de la mirada fascinador ante la visión de un objeto indecente u obsceno, un gesto ridículo, que neutraliza sus efectos. Se trata de combatir el mal con el mal. Entre estos gestos destacan los relacionados con los órganos genitales; en particular, el falo, que era incluso llamado fascinum en Roma, pero también la vulva, aludida mediante una simple concha, de ahí su emparejamiento en el hábito viajero. El uso de gestos manuales con idéntica función se convirtió en amuletos portátiles que solían acompañarse con expresiones desagradables y refranes de repulsa: los dedos índice y meñique extendidos a un tiempo, mostrar el dedo anular o medius ostensiblemente, y fundamentalmente el pulgar saliente entre índice y corazón flexionados, eran los más frecuentes. Este último es la figa o higa, cuya simulación de la unión genital aseguraba una protección inmejorable que certifica su perduración hasta la Edad Contemporánea, extendida, además, por casi toda Europa.

Su empleo es numerosísimo y llegó a aglutinarse a la iconografía jacobea en ejemplares varios donde el apóstol remata en una figa (los «santiagos de figas» en los inventarios del XVI) o en su uso frecuente como pieza cosida a la ropa del peregrino (horadadas o «furadas» en ese caso), protegido una vez más así contra los peligros de la ruta por una pieza cuya elaboración aún perdura en Santiago.

Con la Edad Moderna y el relanzamiento de las peregrinaciones nuevos motivos, algo más localistas, asaltan el repertorio del atavío caminero. Tal y como sucede con las veneras, la ubicación de esta nueva estirpe de adornos e insignias en el atuendo santiagués se torna asimismo barroquizante y, así, durante los siglos XVI y XVII bordoncillos y calabacitas de metal, hueso o marfil, siempre más asequibles que otros adornos, se instalan en tocados y capotes acompañando a nuestra concha. Aunque en un primer ensayo (finales del XV y primer tercio del XVI) el bordón se sitúa único y vertical tras la concha, será la pareja de aquellos en aspa la que, con venera o sola, acabe triunfando como lexema ornamental.

Finalmente, cuando la industria del azabache decrezca, la última de esas centurias asistirá al renacer de un producto característicamente tardomedieval que cobra predicamento popular: las medallas y colgantes metálicos planos, muchas veces dorados, con figuraciones de la Puerta Santa o de Santiago, sea el matamoros, sea el más amble peregrino de la apreta, entre otros.








Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago, en cuyo tímpano se encuentra el Apóstol








Hasta el punto de que la actual revitalización del camino nos pone en situación de comprender perfectamente el ambiente y contexto de tales producciones, así como su éxito social. Oigamos a Picaud, quien describe el mercadillo de estos productos en las inmediaciones catedralicias con soltura de baedeker : «Después de la fuente está el atrio o paraíso, según dijimos, pavimentado de piedra, donde entre los emblemas de Santiago se venden a los peregrinos las típicas conchas, y hay allí para vender botas de vino, zapatos, morrales de piel de ciervo, bolsas, correas, cinturones y toda suerte de hierbas medicinales y además drogas y otras muchas cosas».

Aunque la teoría religiosa entienda la peregrinación como un acto profundamente espiritual, y, sin embargo, la iglesia logre sustanciosas ganancias de este fenómeno, el caminante, para quienes espíritu y cuerpo se fusionan en un todo indisoluble y doliente, precisa un contacto físico con lo sagrado, una directa conexión emotiva que se encarne en volumen, forma, tacto, vista: en el uso de todos sus sentidos. Son objetos que no sólo acompañan y dan ánimo a sus afanes, no únicamente protegen e identifican, sino que pasan a formar parte de él pues los posee por medio de una conquista más allá de todo escrúpulo, de todo título de propiedad. De la misma manera a como el propio camino se transforma progresivamente en un espacio cada vez más simbólico y en él se entretejen una topografía práctica y una imaginaria, que intercambian propiedades, el atuendo del caminante que le sirvió para llegar se funde, indisoluble, con los signos que le ayudaron a seguir, a regresar. Ambos conforman la imagen en la que siente reconocerse desde ahora: la del peregrino llegado a Santiago de Compostela.








Mojones e Hitos Kilométricos

jueves, 13 de enero de 2011

La felicidad está en disfrutar lo que Dios nos da

En 1574 el príncipe regente Francesco de’ Medici encargó a Bronzino la realización de esta alegoría de la felicidad. El pintor manierista realizó un fresco elegante donde la felicidad aparece en el centro –coloreada- acompañada de la justicia y la prudencia. A sus pies aparecen el tiempo y la fortuna, mientras se nos hace ver como el destino se halla humillado ante su presencia. El fresco se completa, en la parte superior, con la gloria –que sostiene una corona de laurel- y la fama –tocando la trompeta-. Todo en este cuadro triunfal pero a nosotros nos invita a una reflexión. No hay felicidad para el hombre que disfrutar del fruto de su trabajo. Porque esto también viene de la mano de Dios. Y a se dice en el Eclesiastés. Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo: hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de abrazar, y tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer…

Dios ha hecho las cosas apropiadas para cada tiempo; ha puesto afán en los corazones, sin que el hombre alcance a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.

Es lógico que no haya cosa mejor para el hombre que alegrarse y disfrutar de la vida y del trabajo. Pero por mucha gloria y fama que uno tenga no debe olvidar que eso, también, es un don de Dios.
















ORACIÓN:

Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna.

miércoles, 12 de enero de 2011

La torca y el héroe de Fuencaliente (Soria)

Iba el viajero con el tío Periquín, un vecino de Fuencaliente que sabía muchas historias del lugar y le hacía de guía, curioseando por aquellos parajes sorianos y tomando nota de todo lo que veía y le contaban sin bajar de su cabalgadura. De pronto, los mulos en que los dos iban montados se echaron para atrás presos de espanto y Periquín gritó:
-¡Cuidado, no vaya usted a rodar por el agujero!
-¿Qué agujero?
-Cuál va a ser, señor, La Torca
-Y ¿qué es la Torca?
-Un pozo tan profundo que nadie sabe donde termina, aunque si que fue un gigantesco monstruo el que lo creó y que allí abajo, en el fondo, debe de seguir todavía.

No pudieron extrañarle al viajero, que ya llevaba muchas leguas recorridas en tierras de Soria, historias de este tipo sobre cuevas y abismos insondables, creadas por gigantes o animales fabulosos con patas de cabra, uñas de águila y la frente llena de cuernos, como el que dio origen –según la leyenda- a la laguna de Urbión.

Pero este hoyo enorme no era ninguna leyenda. Caminaron ambos hasta el borde del negro agujero, de unos doce o dieciséis metros de diámetro, y el viajero arrojó una piedra en él para comprobar lo que Periquín decía. Al instante, surgieron del tenebroso abismo bandadas de murciélagos, grajos y mochuelos. Y el eco de la piedra resonó muy abajo: Toc, toc, toc…

Mientras el viajero contemplaba la profundidad del hoyo, Periquín le dijo:
-Tiene esta torca su mérito y su historia si es que quiere escucharla.
-¿Cuál es?

-Pues que hace muchos, muchos años, cuando la francesada, vino de Aranda un guerrillero a avisar a los del pueblo que –uno o dos días después- habría de pasar por aquí un gran ejército de soldados franceses con dirección a Madrid. Venían viajando por los caminos más apartados y de noche para evitar encontrarse con las tropas españolas y, así, poder pillarlas entre la espada y la pared cuando llegaran los refuerzos que esperaban desde el Sur. La orden de su jefe, al que decían El Empecinado, era que de cualquier forma les cortaran el paso. Pero los del pueblo no tenían armas ni les daría tiempo a hacer fosos y trincheras. Eran, además, muy pocos comparados con el número de soldados que, al decir del guerrillero, aquel ejército francés tenía.

Un mozo, fuerte y avispado, al que llamaban Juanón, dio un paso al frente para decir que él se encargaría de lograrlo. «Nadie –añadió- estará dispuesto a permitir que esos franchutes atraviesen por nuestro pueblo». A lo que todos contestaron que desde luego que no, que de ninguna manera. Y como tenía forma de hombre listo y decidido, que siempre conseguía lo que se proponía, se pusieron los vecinos incondicionalmente a sus órdenes. Todo el pueblo cortó troncos y ramas de los árboles que fueron poniendo de una parte a otra de la torca. Luego, colocaron encima unas finas tablas como haciendo de techumbre y, finalmente, cubrieron la trampa de tierra. Juanón montó en su mula y se marchó por el camino que –según el guerrillero- habrían de utilizar los franceses. No había andado una legua cuando les vio venir a lo lejos, levantando gran polvareda, y se hizo el encontradizo con ellos. El jefe ordenó que lo detuvieran y le preguntó quién era y a dónde iba, a lo que el mozo contestó que era labrador e iba a trabajar sus tierras. Al general de los franceses, un hombretón pelirrojo de impresionantes bigotes y brillantes galones, le valió la respuesta. Y le preguntó si sabría indicarles cómo llegar lo más rápidamente posible a la carretera de Somosierra. Le contrataron de guía y Juanón les llevó por la vía más directa a Fuencaliente. Anochecía cuando se acercaban ya al pueblo, el mozo delante y detrás los jefecillos de los gabachos en pleno. General y capitanes fueron derechitos a la trampa que habían preparado los del pueblo y allí perecieron los «mesiés» con Juanón a la cabeza, que también él murió, pues no había otra forma de que la treta funcionara.

Él arreó su mula cuando se vio sobre el tinglado de maderas de la Torca, las tablas se rompieron y nadie pudo salir de la profunda sima. Todos los franchutes se fueron al infierno, ya que eso se había dicho siempre que es la Torca, la boca del lugar en que vive el diablo. Y allí estarán bien. En su sitio.

Una vez el lugareño terminó su relato, el viajero se adelantó hasta la gigantesca hoya y rindió tributo a aquel héroe en silencio. Calló también Periquín por un momento y, luego, montados ambos en sus mulos siguieron su camino entre las peñas anaranjadas por el atardecer.
-Si vuelven los franceses –comentó el viajero- ya sabemos a dónde hay que traerlos. Y el diablo se encargará de ellos.
-Amén.

El relato que he seguido para reelaborar esta leyenda claramente local fue publicado por Manuel Ayuso Iglesias, recogiendo tradiciones de la zona y bajo el título de «La Torca de Fuencaliente» en Recuerdo de Soria (1900, Segunda época, núm. 7: 7-9).

Florentino Zamora Lucas recopila en su colección de leyendas sorianas este texto, junto a otros de carácter más fantástico que hacen también referencia a lugares misteriosos y emblemáticos de la provincia; es el caso de las narraciones denominadas «La laguna del Urbión» y «Leyenda y realidad de la Laguna negra», que firman –respectivamente- Fernando Muñoz de Torroba y Quiliano Blanco (Zamora Lucas 1984: 195-197 y 284-288).

Aunque los relatos sobre la Torca y sobre la Laguna son –sin duda- de diferente índole, los dos apuntan a orígenes sobrenaturales y míticos: se trata de oscuras simas en donde –según algunos- podría hallarse (como en la leyenda sobre la Cueva de Salamanca) la boca o entrada del infierno. Y de ahí que, en mi recreación, mencione las tradiciones populares que existen al respecto. Dice –por ejemplo- el texto de Fernando Muñoz Torroba acerca del supuesto monstruo que bramaría –según lo que contaban los lugareños- desde el fondo de la laguna:

«No habría andado 200 pasos (el jinete protagonista de la historia) cuando resonó un espantoso trueno y se abrió la tierra cerca del sitio donde el animal se encontraba; fuertes temblores de tierra conmovieron aquellos alrededores y por la hendidura asomó un horrible monstruo con la frente llena de cuernos; echando chispas por los ojos y espuma por la boca y con las patas de cabra y uñas de águila cubierto todo de asqueroso pelo.

Por otro lado, y volviendo al relato que constituye el núcleo narrativo de nuestro texto, cabe decir que de «la francesada», es decir, de la invasión de España por los franceses, quedan en nuestro país abundantes ecos legendarios No son pocos los que se refieren en Castilla a Juan Martín Díaz, de renombre «El Empecinado», que siquiera tangencialmente aparece en la leyenda de Fuencaliente. Pero hay narraciones populares que, aun contándose de lugares bien distantes, coinciden con la misma en la época histórica y en el ardid preparado por los lugareños para atacar a los franceses. Tal sucede con la leyenda de «La toma de Ureña», que cuenta cómo algunos vecinos de esta villa urdieron la estratagema de azuzar a un rebaño de carneros con estopas y astillas encendidas en los cuernos para que, como si se tratara del más imparable de los ejércitos, arremetiera contra el enemigo. Y dicen las crónicas que dio resultado (Díaz 1996: 81-84).

No era ésta, sin duda, una táctica muy original, pues su uso es atribuido a varios héroes de la antigüedad, pero refleja a las claras tanto la validez simbólica como -en ocasiones- la más práctica de ciertos mitos.










sábado, 8 de enero de 2011

Mundo Belén 2010

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Un paseo por la Navidad en el mundo. Colección de belenes representativos de todo el mundo.

jueves, 6 de enero de 2011

Bienes Invisibles

Juan es un chico de siete años que vive con su mamá, una pobre costurera, en un diminuto apartamento de una pequeña ciudad. La noche del 5 de enero, el chico espera ansioso en su cama la venida de los tres Reyes Magos. Según la costumbre de su país, ha colocado en la chimenea un gran calcetín de lana, esperando encontrarlo a la mañana siguiente lleno de regalos.

Pero su mamá sabe que no habrá regalos para Juan por su falta de dinero. Para evitar su desilusión, le explica que hay bienes visibles que se compran con dinero y bienes invisibles que no se compran ni se venden ni se ven, pero que lo hacen a uno muy feliz, como el cariño de la mamá por ejemplo.

Al día siguiente Juan despierta, corre a la chimenea y ve su calcetín vacío. Lo recoge con emoción y alegría y se lo muestra a su mamá: "¡Está llena de bienes invisibles!" le dice y se le ve feliz.

Por la tarde, Juan va al salón parroquial donde se reúnen los chicos cada cual mostrando con orgullo sus respectivos regalos. "Y a ti, Juan, ¿qué te han traído los Reyes Magos?" le preguntan.

Juan muestra feliz su calcetín vacío: "¡A mí me ha traído bienes invisibles!" contesta. Los chicos se ríen de él. Entre ellos Federico, un niño consentido quien tiene el mejor regalo, pero no es feliz. Por envidia, sus compañeros se burlan de él porque su precioso auto a pedales no tiene marcha atrás. Federico, enfurecido, destruye el valioso juguete.

El papá de Federico se aflige y se pregunta cómo podría complacer a su hijo. En eso ve a Juan, sentado en un rincón, feliz con su media vacía. Le pregunta: "¿Que te han traído los Reyes Magos?"

"A mí, bienes invisibles" contesta Juan ante la sorpresa del papá de Federico y le explica que no se ven ni se compran ni se venden, como el cariño de una mamá.

El papá de Federico comprendió. Los muchos regalos visibles y vistosos no habían logrado la felicidad de su hijo. Juan había descubierto gracias a su mamá el camino hacia la felicidad.

EPIFANÍA DEL SEÑOR

(Mt 2,1-12)
Reunidos hoy, hermanos, en un día en que la ilusión y el cariño a nuestros familiares se manifiesta en forma de regalos, los cristianos celebramos que Dios ha querido hacerse uno de nosotros, que se ha hecho el encontradizo una vez más en nuestras vidas. Epifanía es la manifestación de Dios al hombre. El gran evangelio, la mejor noticia que tenemos los hombres es que Dios se ha dejado ver en Jesucristo; Cristo, luz del mundo, brilla con nuevo resplandor a los ojos de todos los hombres que quieren mirarle cara a cara.

Hoy es el día en que la estrella de Belén nos guía hasta el bebé que María recogía entre sus brazos. Día de estrellas que nos hablan en su lejanía de las maravillas de un Dios creador de todas ellas, nacido niño en Belén. Día de la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Día de la luz tenue y amiga de las estrellas que podemos mirar cara a cara, que nos conducen a un Dios escondido en el regazo de María.

El acontecimiento que hoy recordamos y estamos celebrando es una intervención de Dios en la vida de nosotros, de toda la humanidad. El mismo Dios, uno y trino, creador del cielo y de la tierra; Él de quien hemos recibido todo lo que somos y tenemos, cuyo proyecto de salvarnos nadie hubiera sido capaz de imaginar; Él a quien nadie ha visto jamás porque su grandeza divina no cabe en nuestros ojos de carne, ni sirven nuestras palabras humanas para contarlo.

No es posible conocer este regalo de Dios y permanecer en la indiferencia. Porque el Niño, a quien los Magos adoraron, es Dios que se ha hecho hombre, el Emmanuel (el Dios-con-nosotros) que trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.

En verdad Jesucristo es el único salvador del mundo ayer, hoy y por todos los siglos, porque sólo Él nos ha explicado con palabras humanas, con nuestro mismo lenguaje, que Dios es Padre que nos ama y sólo busca que tengamos la grandeza y el orgullo de ser hijos suyos. Jesucristo ha vencido con su Amor nuestros pecados, ha vencido a nuestro orgullo, a nuestra desconfianza. Con qué alegría y con cuánta razón pone estos días la Iglesia en nuestros labios: Alégrese el cielo y goce la tierra porque los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Esta es la maravilla divina y humana, que hoy celebramos con tanta alegría: la Epifanía de Dios, Dios se ha manifestado a nosotros. Dios, el invisible, se ha hecho hombre para que lo podamos ver; el todopoderoso se ha hecho Niño para que no tengamos miedo de acercamos a Él.

Sucedió hace dos mil años; pero su fuerza salvadora llega ahora hasta nosotros "aquí y "ahora". De nosotros se espera que nos fiemos de Dios. Tener fe, y actuar en todo a la luz de la fe; ése es el camino cierto para vencer; una victoria que nos traerá la paz y la alegría.

Aprendamos de los Magos de Oriente que siguieron la luz que les guió hasta Belén, donde dejaron con humildad sus hermosos regalos; aprendamos de ellos el camino que nos acerca a Jesucristo, Rey del Universo y de todos los hombres.











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miércoles, 5 de enero de 2011

El Nacimiento de Jesús a través de las redes sociales

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Un vídeo original que reconstruye de manera simpática cómo sería una Navidad al "estilo Web 2.0", utilizando de manera especial la clave de las Redes Sociales. Está en lengua portuguesa pero se puede seguir si grandes problemas.