jueves, 6 de enero de 2011

Bienes Invisibles

Juan es un chico de siete años que vive con su mamá, una pobre costurera, en un diminuto apartamento de una pequeña ciudad. La noche del 5 de enero, el chico espera ansioso en su cama la venida de los tres Reyes Magos. Según la costumbre de su país, ha colocado en la chimenea un gran calcetín de lana, esperando encontrarlo a la mañana siguiente lleno de regalos.

Pero su mamá sabe que no habrá regalos para Juan por su falta de dinero. Para evitar su desilusión, le explica que hay bienes visibles que se compran con dinero y bienes invisibles que no se compran ni se venden ni se ven, pero que lo hacen a uno muy feliz, como el cariño de la mamá por ejemplo.

Al día siguiente Juan despierta, corre a la chimenea y ve su calcetín vacío. Lo recoge con emoción y alegría y se lo muestra a su mamá: "¡Está llena de bienes invisibles!" le dice y se le ve feliz.

Por la tarde, Juan va al salón parroquial donde se reúnen los chicos cada cual mostrando con orgullo sus respectivos regalos. "Y a ti, Juan, ¿qué te han traído los Reyes Magos?" le preguntan.

Juan muestra feliz su calcetín vacío: "¡A mí me ha traído bienes invisibles!" contesta. Los chicos se ríen de él. Entre ellos Federico, un niño consentido quien tiene el mejor regalo, pero no es feliz. Por envidia, sus compañeros se burlan de él porque su precioso auto a pedales no tiene marcha atrás. Federico, enfurecido, destruye el valioso juguete.

El papá de Federico se aflige y se pregunta cómo podría complacer a su hijo. En eso ve a Juan, sentado en un rincón, feliz con su media vacía. Le pregunta: "¿Que te han traído los Reyes Magos?"

"A mí, bienes invisibles" contesta Juan ante la sorpresa del papá de Federico y le explica que no se ven ni se compran ni se venden, como el cariño de una mamá.

El papá de Federico comprendió. Los muchos regalos visibles y vistosos no habían logrado la felicidad de su hijo. Juan había descubierto gracias a su mamá el camino hacia la felicidad.

EPIFANÍA DEL SEÑOR

(Mt 2,1-12)
Reunidos hoy, hermanos, en un día en que la ilusión y el cariño a nuestros familiares se manifiesta en forma de regalos, los cristianos celebramos que Dios ha querido hacerse uno de nosotros, que se ha hecho el encontradizo una vez más en nuestras vidas. Epifanía es la manifestación de Dios al hombre. El gran evangelio, la mejor noticia que tenemos los hombres es que Dios se ha dejado ver en Jesucristo; Cristo, luz del mundo, brilla con nuevo resplandor a los ojos de todos los hombres que quieren mirarle cara a cara.

Hoy es el día en que la estrella de Belén nos guía hasta el bebé que María recogía entre sus brazos. Día de estrellas que nos hablan en su lejanía de las maravillas de un Dios creador de todas ellas, nacido niño en Belén. Día de la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Día de la luz tenue y amiga de las estrellas que podemos mirar cara a cara, que nos conducen a un Dios escondido en el regazo de María.

El acontecimiento que hoy recordamos y estamos celebrando es una intervención de Dios en la vida de nosotros, de toda la humanidad. El mismo Dios, uno y trino, creador del cielo y de la tierra; Él de quien hemos recibido todo lo que somos y tenemos, cuyo proyecto de salvarnos nadie hubiera sido capaz de imaginar; Él a quien nadie ha visto jamás porque su grandeza divina no cabe en nuestros ojos de carne, ni sirven nuestras palabras humanas para contarlo.

No es posible conocer este regalo de Dios y permanecer en la indiferencia. Porque el Niño, a quien los Magos adoraron, es Dios que se ha hecho hombre, el Emmanuel (el Dios-con-nosotros) que trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.

En verdad Jesucristo es el único salvador del mundo ayer, hoy y por todos los siglos, porque sólo Él nos ha explicado con palabras humanas, con nuestro mismo lenguaje, que Dios es Padre que nos ama y sólo busca que tengamos la grandeza y el orgullo de ser hijos suyos. Jesucristo ha vencido con su Amor nuestros pecados, ha vencido a nuestro orgullo, a nuestra desconfianza. Con qué alegría y con cuánta razón pone estos días la Iglesia en nuestros labios: Alégrese el cielo y goce la tierra porque los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Esta es la maravilla divina y humana, que hoy celebramos con tanta alegría: la Epifanía de Dios, Dios se ha manifestado a nosotros. Dios, el invisible, se ha hecho hombre para que lo podamos ver; el todopoderoso se ha hecho Niño para que no tengamos miedo de acercamos a Él.

Sucedió hace dos mil años; pero su fuerza salvadora llega ahora hasta nosotros "aquí y "ahora". De nosotros se espera que nos fiemos de Dios. Tener fe, y actuar en todo a la luz de la fe; ése es el camino cierto para vencer; una victoria que nos traerá la paz y la alegría.

Aprendamos de los Magos de Oriente que siguieron la luz que les guió hasta Belén, donde dejaron con humildad sus hermosos regalos; aprendamos de ellos el camino que nos acerca a Jesucristo, Rey del Universo y de todos los hombres.











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