domingo, 1 de abril de 2012

Bendito el que viene en nombre del Señor

Puerta de Jerusalén
A Jerusalén se podía acceder por una decena de puertas. Es uno de los inconvenientes de los lugares amurallados, no dejan libertad para entrar y salir, sino que obligan a hacerlo a través de los agujeros abiertos en sus muros: por sus puertas. Así sucedía con la Ciudad Santa. Los muros dificultan el paso para todos, también para ladrones, bandidos y ejércitos enemigos, así protegían la ciudad de indeseables. Puertas abiertas para acoger a los peregrinos que acudían como todos los años a la fiesta de la Pascua, puertas cerradas en la noche, para evitar los peligros. A los maleantes no hay que dejarles entrar, y, si entran, hay que echarlos fuera.

El camino de la Cuaresma nos traído hasta aquí. Frente a nosotros el pórtico de la Semana Santa y la puerta de acceso a celebrar los misterios de la pasión, muerte y resurrección. A los meramente curiosos, les bastará con conseguir un poco de rendija y acercar el ojo. A otros, quizás muchos, ya ni les suscita siquiera curiosidad. Pero quien quiera entrar, tiene al menos diez puertas que le conducen al interior de la ciudad. Yo prefiero aquella por la que entró Cristo: aquella que tuvo sonido de triunfo, con los ¡Hosannas! y el ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Con color de ramo y palma. Aquella que acogía a los peregrinos, y al Hijo de Dios que se había hecho peregrino en esta vida como otro hombre. Aquella que vio a un Dios montado sobre un borriquilla. Y yo no querría esta puerta por la algazara y el color y la fiesta, sino sólo por acompañar al Señor.

Y acompañarlo también en la intimidad de los suyos en su cena de despedida, y en su soledad sufriente de Getsemaní, cumpliendo a cucharadas amargas, la voluntad del Padre. También cuando muchos de los que le seguían y otros tantos más, lo sometan a desprecios y tortura, al sufrimiento y la sangre. Para continuar tras Él cuando, por otra puerta, lo arrojen fuera de la ciudad a morir como un maleante, como los que hay que expulsar de la ciudad, porque no traen nada bueno para ella. Y sin embargo el traía la Salvación.

Y luego, sobre la puerta cerrada del sepulcro, hacer vigilia esperando ver la piedra corrida y celebrar alegre al que destrozó las puertas de la muerte. 

Domingo de Ramos
Muchas son las puertas que abren a Jerusalén: unos entrarán por sus devociones, otros por sus imágenes, otros por tradición familiar, otros por piedad y fe, otros por no haber encontrado consuelo en otra ciudad. Pero sólo cabe salir por una puerta y la misma, la que conduce hacia el Calvario y aguarda resurrección en el sepulcro. Para ello antes hay que cenar con el Señor, velar con el Señor, adorar la cruz del Señor y resucitar con el Señor. Mucho puede tener de seductora la ciudad con sus puertas abiertas a la fiesta, el jolgorio y la alegría; pero el encanto más grande lo encontrarán los que, despreciados con Cristo por ser mensajeros de paz y de amor, como fieles discípulos suyos, entren en las entrañas del amor misericordioso de Dios que ama en una cruz y que da vida quebrando la muerte.





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DOMINGO DE RAMOS Pbro. Lic. José Luis Aguilera Cruz aguileracruz@yahoo.com.mx

"Tu rey viene montado en un burrito"

EN LA FIESTA DE JERUSALEN.

Estamos en el domingo de Ramos, y el evangelio que reflexionaremos será el que se lee en la bendición de los ramos: Jn 12, 12-16; y comienza colocando a Jesús en la fiesta de Jerusalén, Jesús es un judío normal, que se movía con el ritmo de las fiestas de los judíos y la fiesta de la pascua, lo interesante es que la fama de Jesús hace que la gente lo esté esperando, y en cuanto saben que Jesús se dirige a esa fiesta y ciudad, la gente corre a su encuentro, y cortan ramas de palmeras, y empiezan las porras para Jesús, pero son porras mesiánicas, el pueblo nombra rey a Jesús, es el rey esperado, el rey que viene en nombre del Señor, así esta fiesta es muy importante, para Jesús y para el pueblo.

UN BURRITO EN ESTA HISTORIA.

Los otros evangelio, los sinópticos (Mt, Mc y Lc) mencionan también la presencia de un burrito en esta historia, solo Mateo habla de una asna y su pollino, el burrito, es una presencia atestiguada por todos lados, Jesús se montó en un burrito para entrar a Jerusalén, es el cumplimiento de una promesa hecha desde tiempos del profeta Zacarías, 520 antes de Cristo, en tiempos de la dominación persa, cuando los reyes tenían caballos pura sangre, en tiempos del emperador Darío, quien impuso el idioma arameo en todo el imperio, con todo ese lujo, la profecía de Zacarías contrastaba definitivamente, y aún en tiempos de Jesús un rey montado en un burrito era muy extraño, es el mesías humilde que viene.

UN MESÍAS EXTRAÑO.

Jesús viene a anunciar que el mesías no es como todos los reyes de la época, soberbios, dominantes, y todo lo que implica entrar a su reino montado en un brioso y hermoso corcel, Jesús es un Mesías definitivamente diferente, viene montado en un burrito, en un animal que dista mucho ser de lujo, es un animal de trabajo, es como si el presidente de la nación más poderosa en lugar de vestir de "etiqueta", de centro dirían en mi tierra, si en lugar de vestir de traje, se vistiera de overol de obrero, pero todo esto para indicar que el reinado de Jesús, es diferente al reinado de otros reyes, Jesús viene a implantar un reino de justicia, de vida, de verdad, de amor, de paz, un reino al que todos podemos entrar, un reino diferente.

LO ENTENDIERON DESPUÉS.

Pero a Jesús no se le entiende fácilmente, es necesario quitarnos los esquemas mentales que tenemos, descubrir en la sencillez al rey que viene en nombre del Señor, es difícil entender que la cruz del dolor es su trono, y las espinas su corona, difícil es entender que es en el servicio y no en la opresión, en el en la humildad y no en la soberbia como se vive el reino de este mesías salvador, por eso no es fácil entenderle, a veces se le entiende como lo hicieron los apóstoles, demasiado tarde, por eso tenemos que hacer un esfuerzo para entender a Jesús el Mesías salvador. Vivamos esta semana mayor entre asombros, en la humildad para vivirla mejor.





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La semana Santa inicia con el domingo de Ramos, recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, en la que Jesús es proclamado rey.





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