

Quien visite el templo al caer la tarde puede que asista al mágico momento en que el sol, camino ya del horizonte, cuela sus rayos por el gran óculo abierto en la fachada occidental -también la parte mas antigua de la iglesia, iniciada en torno al siglo XIII-, para dejarlos caer justo sobre las filigranas de yeso que adornan el púlpito múdejar adosado a una de las columnas. Es entonces cuando las llamas blanquecinas que embellecen sus paños se tornan del color del fuego envolviendo en pan de oro a quien, desde su interior, se alce sobre la feligresía para dirigir sermones o rosarios mientras un foco, tan divino como el de una postal piadosa, ilumina al iluminado entre resoles y aspavientos.