Este capitel es único en el mundo románico por la forma de interpretar el Misterio de la Trinidad. No hay nada parecido en esta época.
Como en el resto de las representaciones divinas de este claustro, ningún atributo denota la majestad del Creador. No hay nimbos crucíferos ni corolas. Hay un detalle que indica impericia en el artista, y es que no hay concordancia entre el eje de la mitad superior del cuerpo de Dios, con respecto a su mitad inferior.
Por otra parte, es destacable, que en conjunto, las figuras inscritas en la mandorla, componen una suerte de cruz.