miércoles, 8 de julio de 2009

El Bosque de las Lanzas


El emperador, mientras tanto, esperaba en Valcarlos jugando al ajedrez con el traidor Canelón. Al oír el sonido de la trompa de Roldán, Carlomagno partió en su ayuda, pero cuando llegó tan sólo encontró los cuerpos sin vida de todos sus caballeros.

Postrado sobre una roca, en la que según se cuenta aún perduran las marcas de sus lágrimas, lloró por su sobrino y sus hombres. Después, montó en su caballo y partió en busca de quienes habían perpetrado aquella matanza.

Con la ayuda de Dios, que detuvo el avance del Sol y alargó el día, alcanzó a los musulmanes que, acosados por los hombres del emperador, intentaron cruzar el Ebro pereciendo todos, unos por las armas de los franceses y la mayor parte ahogados. Después derrotó a Marsilio, hizo juzgar a Canelón por traidor y ordenó descuartizarlo.

Algunas leyendas cuentan que, tras la matanza de Roncesvalles, un ángel se apareció a Carlomagno mientras dormía y le anunció una terrible batalla, aconsejándole que, para cubrir las bajas, convocara a las doncellas de su imperio. Reunió de esta manera en Valcarlos a 56.066 muchachas dispuestas a luchar y así, llegado el día, las jóvenes, vestidas con armaduras de caballeros, avanzaron hasta el alto de Ibañeta mientras sus enemigos huían asustados, creyéndolas guerreros de largos cabellos. En el camino de vuelta, las mujeres pararon a pasar la noche en un descampado, en el que clavaron sus lanzas antes de dormir. Al amanecer, las lanzas, se habían convertido en árboles que formaban un hermoso y frondoso bosque.


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El lugar donde la montaña se encuentra domesticada antes de hundirse en las profundidades del mar.