viernes, 13 de enero de 2012

Una cima: la cruz de Ferro

La cruz de Ferro
EL CAMINO DEBE ALCANZAR LOS MONTES QUE A SU PASO SE YERGUEN, CON LA PRESENCIA SOBRECOGEDORA DE LOS MITOS QUE EN ELLOS SUELEN CUSTODIARSE. CUANDO EL PEREGRINO ASCIENDE AL MONTE IRAGO, REALIZA UNA DE LAS EXPERIENCIAS MÁS AGOTADORAS Y FÉRTILES DE SU VIAJE.

De su crudeza da testimonio el miramiento que esta ruta creaba entre algunos peregrinos, como en el alemán künig, que, a finales del siglo XV, recomendaba desviarse por el trazado que ahora sigue la Nacional VI. Para quien no desee ser un automovilista a pie, la recompensa será una desolación subyugadora y la elocuencia sencilla de un montón de guijarros perforados por un endeble mástil discretamente cristianizado, bisectriz de dos regiones, Somoza y Bierzo, eje de simetría de nuestros pasos.

Peregrino depositando objeto personal
Por que el Camino son, también sus señales, que le distinguen de los muchos con los que entrecruza. Y si existe una señal, un lugar en todo Camino de Santiago que merece el calificativo de monumental, en el sentido cultural, no físico y ni siquiera histórico del término, ese es la cruz de ferro, quizás uno de sus hitos más longevos y auténticos de la peregrinación, signo participado por todos quienes lo han sobrepasado. Hemos llegado a la cima del mons mercurii, señal inequívocamente ambigua de un término y una alternativa, hincón del cruce de los caminos entre un horizonte combado y la línea del cielo. El peregrino debe, inexcusablemente, detenerse, y, si procede, contribuir a la manifestación de la señal arrojando una piedra, depositando un objeto personal, un exvoto, una plegaria, una petición, dejándose a sí donde otros lo hicieron antes. Si lo hace, el romero rememora con su gesto una honda costumbre cuya primera concreción escrita se remonta a la época romana. Los dioses lares o penates de la Antigüedad habían extendido y sincretizado su culto hacia numerosas prácticas indígenas que, en este caso, confluían con una de las principales preocupaciones del Imperio: el buen mantenimiento de su sistema viario de comunicación. Así, los lares viales requerían ofrendas que eran asimiladas al dios Mercurio, patrón de las artes, del comercio y del control de los caminos.

En el caso de estos últimos, varios amontonamientos de piedras jalonaban las vías, como aún hoy lo hacen en torno al camino, de hito en hito (mojones, milladoiros), encarnando una señal que indicaba los puntos conflictivos y difíciles de la ruta y, de igual manera, expulsaba a los demonios maléficos agazapados en las encrucijadas o a la vista de algún monte sagrado, tal y como describe san Martín de Dumio en el siglo IV: «homines transeúntes iactatis lapidibus acervos petrarum pro sacrificio redunt» (De correctione rusticorum, VII, 17). Una práctica que, por otra parte, se constata en otros ambientes, lejanos en el espacio o en el tiempo, y se dedica a apaciguar la memoria y al descanso de los muertos.

Como vemos, el monumento, como todos, enraíza en un pasado tan preciso como facetado, pero a diferencia de otros hitos históricos, éste nos permite participar en su construcción, manifestarnos en su renovación: nos visita al tiempo que nosotros a él. Sigue latiendo lejos de su arqueologización o su rehabilitación, sus mayores peligros. El auténtico monumento es el montón de piedras, que aunque fuera arrasado volvería a levantarse más menudo pero igualmente sólido. El auténtico monumento se traduce y encarna en la costumbre mantenida por quienes obtienen una cima y un tránsito. Sus cimientos tienen la hondura inalcanzable de una conquista repetida durante siglos.