martes, 30 de agosto de 2011

En el consuelo de su regazo

La cuna (BERTHE MORISOT)
En un mundo artístico dominado por los hombres, Berthe Morisot fue una pintora de estilo muy personal y de gran talento, la más importante de las féminas impresionistas. Todos sus cuadros, dominados por los colores suaves y cálidos, por un sentido del equilibrio y de la luz, por las grandes y rápidas pinceladas y calidades transparentes y tornasoladas, tienen una especial delicadeza y sutilidad. A diferencia de muchos impresionistas a los que gustaban los paisajes y los motivos relacionados con la vida moderna, Berthe pintó escenas de la vida doméstica o de mujeres con niños, ejemplos de la más viva intimidad familiar. Este es el caso de este cuadro. Una madre joven aparece reclinada sobre la cuna donde su hijo, recién nacido, duerme plácidamente. Madre e hijo gesticulan de igual manera. Es la viva imagen de la generosidad del amor sin límites. El sentimiento del verdadero amor maternal. La madre es, como nos dejó escrito Juan Pablo II, «sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida». La ternura de una madre, de un padre, de un hijo, de un compañero de trabajo sólo puede salir de un corazón libre, lleno de riqueza interior donde fluya la dulzura y la felicidad de Dios. Porque la ternura exige humildad y sencillez. Capacidad de dar y ofrecer amor, afecto y respeto a la vez. Capacidad de ser compasivos y benevolentes con bondad de corazón y amplia generosidad. Tiernos en los momentos en lo que todo es favorable y en aquellos en que todo es tenso y complicado. A ser tierno se aprende dando cada día amor, con vida sobrenatural y abriendo nuestro corazón a los demás con la sencillez que brota de nuestra alma.











ORACIÓN:

Señor, ilumina la mente de nuestros hijos para que conozcan el camino que Tú has querido para ellos, para que te puedan dar gloria y alcancen la Salvación. Sosténlos con tu fuerza, para que alienten en su vida los ideales de tu reino.

lunes, 29 de agosto de 2011

La bruja de Soria

La Bruja de Soria
Una joven de la ciudad de Soria me contó - hace algunos años- que allí donde vivía, en las casas bajas que están junto al Instituto que entonces era sólo para chicas, había una vecina con una hija muy guapa que trabajaba como costurera en su propio hogar. Quizá porque la chica iba siempre muy bien vestida y provocara la envidia de las viejas zarrapastrosas que habitaban algunas de aquellas humildes casas, o por lo que fuera –que el mal no necesita razones para manifestarse-, había otra vecina del mismo barrio que sentía verdadero odio por la hija y la madre. Un día que la muchacha iba a comprar al mercado se encontró por la calle del Collado con ella, la anciana de pelo blanco.

-Buenos días, señora Valeria.
Dijo la chica cortésmente.

La joven la conocía desde pequeña y siempre le había dado un poco de miedo: era una vieja huraña que vivía sola, sin más compañía que la de dos gatazos negros, y cuando se asomaba a la ventana del patio que estaba al lado de la chica miraba mal y nunca saludaba. Alguna vez se le oía mascullar palabras ininteligibles y hacer gestos de desagrado. En esa ocasión, la señora, como de costumbre, no contestó al saludo, pero –después de dar unos pasos en dirección contraria a la joven- retrocedió sobre sí y encarándola le dijo:

-Tú en todos los sitios me tienes que ver.
Y añadió:
-Pero tu madre ya no me verá nunca.

La muchacha volvió a su hogar, pero no se atrevió a contarle nada a su madre, porque estaba delicada de salud y no quería asustarla. A los pocos meses, la madre murió y la modista se quedó sola en casa. Como la vieja le había anunciado empezó a verla en todas partes. Creía verla en el pasillo andando a pasos cortos y con la espalda encorvada, su pelo blanco meciéndose en la penumbra como una centella. La veía en las paredes cuando estaba cosiendo y levantaba la cabeza. La veía siempre.

Se encontraba la joven una noche terminando de recoser un vestido de lunares que había sido de su madre y se fue a la cocina a terminar de fregar los platos y beber un vaso de leche. A su vuelta, encontró el vestido pillado en la puerta. Esto le ocurrió varias veces, cada vez que se descuidaba y dejaba la labor por unos momentos.

La chica estaba tan desesperada ya que llegó a clavar las tijeras en la pared porque pensaba que la vieja de pelo blanco se le aparecía riéndose desde ella. Entonces, se lo contó al abuelo de la joven que me narró la historia, que era hombre de campo que sabía mucho de las hierbas y de su uso, pero también de hechizos y tretas de las brujas. Éste trajo una ruda, que es una planta de flores amarillas que huele muy raro, y le dijo a la aterrada muchacha que la colgara en la puerta de su casa. Y la odiosa bruja de pelo blanco no volvió a aparecer.

Este texto es versión apenas retocada en lo sustancial del relato que me contó, a principios de la década de los 80, una joven Soriana que –por aquel entonces- tenía 17 años y cuya trascripción fiel de las palabras de la informante fue ya publicada en una colección de cuentos (Díaz 1988: 60-61). Ella lo narraba como un suceso que había ocurrido al lado de su casa y que –sin duda- oiría contar a miembros de su familia. Uno de ellos –su abuelo- aparece, de hecho, como uno de los personajes de la historia y no de los menos importantes: gracias a él y a su sabiduría tradicional el argumento se resuelve felizmente con la expulsión de la bruja.

Todas estas circunstancias venían a mostrar que –a pesar de lo que parecen haber dado por supuesto algunos recopiladores de folklore- los adolescentes urbanos (y no sólo las ancianas del medio rural) venían ya siendo por aquellos años transmisores muy activos de tradiciones orales. Y lo que es más importante: creían –y creen- en lo que ellas dicen. Por ejemplo, en que hay brujas capaces de surgir en el aire, y –al rato- desvanecerse.

Pero es que, además, la misma muchacha contaba otras historias de aparecidos con absoluta credulidad. Así, ésta –no menos inquietante- que sigue:

«Era un señor que se suicidó en un pozo y como no lo pudieron enterrar en el Camposanto su alma estaba vagando por ahí. Los hijos empezaron, entonces, a oír ruidos por las noches. Una de las hijas notaba que alguien la pellizcaba y, luego, vieron que –en efecto- tenía todo el cuerpo cubierto de cardenales. Al hermano –que estaba impedido el pobrecito- le compraron un sillón de mimbre y, según estaba sentado, notó que algo o alguien rascaba el respaldo y los brazos del mismo: ras, ras, ras».

Tales aparecidos y brujas parecían ser, pues, al entender de la joven, más reales que «las brujas de Barahona», a las cuales nunca vio nadie. Ya explicaba Florentino Zamora Lucas en su obra sobre leyendas de Soria que, aunque en esa villa hay una llanura conocida como el «Campo de las brujas», no se sabe el origen de tal denominación ni por qué se le dice a Barahona «pueblo de las brujas»; para Zamora Lucas se trataría de un error de atribución debido a la confusión de Barahona de Soria con un pueblo de Navarra del mismo nombre –hace tiempo despoblado- en el que sí debió de haberlas (Zamora Lucas 1984: 268).

La bruja de Soria, sin embargo, con ser bruja de ciudad, responde a una receta o «defensa» de eficacia bien probada en el campo contra las hechicerías, lo que viene a demostrar que es una bruja como Dios manda, de las que hacen «aojamientos» con el maleficio de su mirada o entran mágicamente en las viviendas de los vecinos para causar daño; a veces, convertidas en gatos o alimañas. En muchos lugares las plantas que se ponían o quemaban para ahuyentar las brujerías eran aromáticas, «generalmente la ruda cantrosia (potente germicida), el orégano y otras, no faltando quien sustituía el azufre por cuernos de cabra» (Rúa Aller y Rubio Gago 1986: 178).

Pero entre todos los remedios, el de colocar y hacer arder la ruda –hierba vivaz del género rutáceas- en «fumazos» o sahumerios fue siempre uno de los preferidos. Se pensaba también que la sola presencia de esta planta a la puerta de la casa, como en nuestra leyenda, servía de protección contra el aojamiento o la maldición. Y de ahí el refrán:

«Allí donde haya ruda/ no morirá criatura» (Díaz 1986: 60).

Lejos de ceder la costumbre, si uno se fija bien, puede verse que las rudas vuelven a coronar el umbral de las casas de muchos pueblos castellanos y leoneses, pero también de otras zonas de España. De este modo, ningún mal ni encantamiento brujeril podrá entrar por sus puertas.


jueves, 25 de agosto de 2011

Breoghán

Breoghán
El pueblo de los Escitas, situado al norte del mar Negro, estuvo gobernado por Fenius, tataranieto de Noé y uno de los constructores de la Torre de Nimrod – Torre de Babel -. Fenius envió a setenta y dos estudiantes a recorrer el mundo aprendiendo sus lenguas.

Su hijo Nel, que nació en la torre, se educó en el conocimiento de todas esas lenguas y su fama de sabio era tan grande, que fue invitado a Egipto por el Faraón, donde residió un tiempo y se casó con su hija Scota.

Con ella tuvo un hijo llamado Gaedheal Glas, que dio origen a la tribu de los Gaedhil.

Sus descendientes recorrerán durante trescientos años el Mar Caspio, parte de Asia y el Mediterráneo. Liderados por Brath y a bordo de cuarenta barcos, llegaron a la Península Ibérica, donde vencieron en tres importantes batallas a tres tribus locales:

Los Toisona, los Bachra y los Longbardoidh.

Brath tendría un hijo llamado Breoghán, que heredó el mando de su padre y acabó imponiéndose a las tribus peninsulares, asentándose de forma definitiva y fundando la ciudad de Brigantia –hoy La Coruña-, en la que reconstruyó la torre de un antiguo faro, que pasará a llamarse Tor Breoghán hoy –Torre de Hércules -.

De los diez hijos de Breoghán, hay que destacar a Ith, que más tarde viajará a Irlanda y a Bile que fue el padre de Golamh, conocido como Mil de España.

Los hijos de éste conquistarán Irlanda.






jueves, 18 de agosto de 2011

Museo Nacional Arqueológico de Tarragona

Fragmento  vaso monumental Forum  provincia
El Museo Arqueológico de Tarragona se formó durante la primera mitad del siglo XIX, aunque algunas de las piezas que actualmente forman parte del museo son conocidas desde el siglo XVI. Es, por tanto, el más antiguo de Cataluña en su especialidad.

La importancia histórica y monumental de la ciudad romana de Tárraco, capital de la Hispania Citerior, y de los yacimientos arqueológicos de sus alrededores, han proporcionado al Museo una importante y rica colección de materiales arqueológicos. El Museo se ha convertido, de este modo, en el centro de conservación y difusión de unos testimonios materiales que ilustran el proceso de romanización de la Península Ibérica y que, en definitiva, quieren hacer comprensibles las formas de vida de este periodo.

El museo pasó a tener caracter público a partir de su traspaso a la Comisión provincial de Monumentos, organismo oficial constituido en 1844. En 1849 se reunieron en un mismo local este museo y el que estaba formando desde 1844 la Sociedad Arqueológica Tarraconense con materiales procedentes en su mayor parte de los trabajos realizados en la cantera del puerto. En 1852 apareció el primer catálogo del conjunto de piezas expuestas.

Después de una serie de problemas que provocaron cierres intermitentes, el Museo se consolidó definitivamente y ocupó, durante mas de cien años, parte del actual edificio del Ayuntamiento en la plaza de la Font. En 1960 se trasladó al edificio que ocupa actualmente, construido de nueva planta como museo, sobre un fragmento de la muralla romana.

Croquis de Tarragona
Conjunto de piezas expuestas
Actualmente, las intervenciones arqueológicas sobre el conjunto de Tárraco son casi la única fuente de ingreso de materiales en nuestro museo, con un aumento muy considerable de depósitos procedentes de los principales monumentos y de otras zonas de interés de la ciudad y de su área de influencia (teatro, circo, anfiteatro, necrópolis, etc.).

Conjuntos Arqueológicos
El Museu Nacional Arqueològic de Tarragona gestiona los siguientes equipamientos: Museo Arqueológico, Museo y Necrópolis Paleocristianos (sección monográfica dedicada a la conservación in situ y a la difusión de este conjunto cementirial), el edificio de Servicios Centrales (donde se encuentran la biblioteca especializada en historia y arqueología clásica, los almacenes y los servicios técnicos) y los importantes conjuntos arqueológicos de las villas romanas de Centcelles (Constantí) y de Els Munts (Altafulla).













Tarragona. Un viaje entre pasado y presente.

martes, 16 de agosto de 2011

Villa y Mausoleo Romano de Centcelles

Vista de la fachada principal de Centcelles
La instalación de una base militar en Tárraco (capital de la Hispania Citerior), en el año 218 aC, potenció la ocupación del territorio que la rodeaba y el establecimiento de villas destinadas a la explotación agrícola. A lo largo de época imperial, las villas del ager tarraconensis adquirieron cada vez un papel más importante al cumplir una doble función, ya que eran tanto instalaciones agrícolas, como lugares residenciales donde sus propietarios y amigos disfrutaban de la naturaleza, el reposo y el tiempo libre.

Hacia mediados del siglo 1 aC se construyó el primer asentamiento romano en Centcelles, documentado por los hallazgos romanos de la excavación de una parte del yacimiento de época tardo-republicana. Más tarde, entre los siglos I y II dC, se construyó en Centcelles una villa de época altoimperial, de la cual solo se conserva una parte muy reducida de su planta, que consiste en un gran espacio, delimitado por muros, donde se localizaron recipientes o dolia para almacenar productos agrícolas. En la segunda mitad del siglo III dC se realizaron diversas reformas y se ampliaron las estructuras anteriores.

Restos de la Villa Romana de Centcelles
Las edificaciones ahora visibles en el yacimiento corresponden fundamentalmente a la parte más monumental de la villa que fue ideada y construida a mediados del siglo IV, en una fecha que todavía discuten los investigado-res del monumento. Esta villa, de planta rectangular alargada y con más de 90 metros de fachada, tenía un amplio sector destinado a vivienda, con baños y una sala absidal. Parece que durante las mismas obras de construcción se modificó el proyecto y se añadieron otras termas. Asimismo, se produjo una transformación del uso de la sala central circular, donde se construyó una cripta, y se decoraron sus paredes con pinturas y mosaicos.

La sala de planta circular con la cúpula de mosaico tiene en su interior cuatro hornacinas que en su época iban recubiertas con pinturas y mosaico. Por debajo del mosaico de la cúpula, se han conservado también restos de pintural mural, como un grupo de casas, el busto de una mujer joven, unos antílopes y una serie de motivos geométricos. La cúpula estaba cubierta en su totalidad por un mosaico polícromo con varias escenas distribuidas en tres zonas: en el friso inferior se reproduce una escena de caza; en el friso intermedio se representan dieciséis escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento, separadas por columnas, mientras que en el friso superior, ua representación de las cuatro estaciones del año alterna con otras cuatro escenas donde figura un personaje sentado y acompañado por diferentes personas. La composición del mosaico acaba con un medallón central, del cual sólo se conserva un grupo de pequeñas cabezas.

El mosaico de la cúpula
Aunque Centcelles conserva el mosaico de cúpula de temática cristiana más antiguo del mundo romano, la interpretación del monumento es todavía incierta.

Restos de la Villa Romana de Centcelles
Según algunos investigadores, éste fue el mausoleo imperial de Constante, asesinado en el año 350 dC, y a quien se ha identificado como el dominus de la villa que aparece representado varias veces en el mosaico. Según otros, el lugar estaría destinado a recibir los restos de algún miembro de la iglesia -un lector, un presbítero o un obispo- ya que los asientos de los cuatro personajes sentados no serían tronos sinó cátedras y representarían diferentes jerarquías en la escala de la carrera eclesiástica. Otros, en cambio, piensan que las figuras sentadas se podrían interpretar como un matrimonio de la alta aristocracia y hay incluso quien duda de la función del edificio.





lunes, 15 de agosto de 2011

La Asunción de la Santísima Virgen al Cielo


















Tomado de un sermón que dio el Padre Domingo Arteaga de aquí de Cd. Obregón Sonora, este relato refleja como fue la Asunción de María a los cielos, ejemplo de recompensa para quienes siguen el camino de Dios hasta el final de sus vidas. No quiere decir que nosotros fuéramos llevados al cielo en cuerpo y alma, como lo hizo con María, la Virgen y Madre de Dios, en realidad quizás no lo merezcamos, pero al menos sabemos que Dios es misericordioso y que nos tendrá en cuenta las buenas obras que hagamos en La Tierra.
















La Virgen María fue Asunta al Cielo en Cuerpo y Alma
Festividad: 15 de agosto

Asunción significa que María fue llevada en cuerpo y alma al cielo por el poder de Dios, a diferencia de la Ascensión del Señor que lo hizo por su propio poder.

LA DEFINICIÓN DOGMÁTICA

El Papa Pío XII, en la Bula Munificentissimus Deus, del 1-XI-1950, proclamó solemnemente el dogma de la Asunción de María con estas palabras:

Pronunciarnos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste" (DZ. 2333).

lunes, 8 de agosto de 2011

Atentado en Noruega









Si pinchas la imagen puedes entrar en la página web de rtve.es y leer las noticias relacionadas con el doble atentado que ha sufrido Noruega donde El primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, lo ha calificado como "la peor tragedia" desde la II Guerra Mundial.












Si pinchas la imagen puedes entrar en la página web del periódico la razon.es y leer la noticia del doble antentado de Noruega en el que han muerto al menos 92 personas y donde han detenido a un hombre que es identificado como ultraderechista y fundamentalista cristiano y aun la policía esta buscando a un posible cómplice.

jueves, 4 de agosto de 2011

La fragilidad del éxito

Degas pasó muchas penurias económicas que le obligaban a pintar cuadros con los que poder pagar las numerosas deudas que afectaban a la estabilidad económica de la familia. Para agilizar el trabajo y percibir pronto las remuneraciones, realizó un gran número de monotipos –un tipo de grabado pintado con óleo o tinta de impresión sobre una placa de cobre virgen- como es el caso de este pastel que nos muestra la figura de una delicada bailarina en el centro de un escenario. La observamos desde un palco, transportada por la fragilidad de sus movimientos. El juego de luces del teatro cae sobre ella en el más puro estilo impresionista. Degas nos ofrece la imagen de una estrella, en el momento cumbre de su éxito. ¡El éxito! Vivimos en una sociedad donde hay una difundida cultura que nos exige ser los mejores, los más guapos, los más inteligentes, los más osados, que sólo valora aquello que parece bello. Una moda cultural que ensalza el éxito, la carrera rápida, la existencia sin proyectos, el culto a lo inmediato. Una cultura que nos dice que la alegría se compra con el dinero y con el éxito. Ese no es el camino que nos lleva a la alegría de la vida. Ese es el camino que nos conduce al placer superficial y efímero de los sentidos. Quien tiene éxito en la vida es aquel que en todo momento repudia la jactancia, detesta la vanidad, reniega de la mediocridad… La mejor manera de perder algo es creer que ya lo has conseguido. El éxito lo consigue quien se esfuerza, quien se sacrifica, quien se entrega, quien tiene constancia siempre con un punto de mira sobrenatural que nos aleja de la mezquindad del yo y de la vanidad pueril. Yo, sin Jesús, no soy más que un mediocre. Lo vano carece de solidez en relación a la vida eterna.











ORACIÓN:

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos.

sábado, 30 de julio de 2011

El Palacio de Gelmírez y el Hospital Real

Hostal de los Reyes Católicos
Volviendo de nuevo al Obradoiro, sobre el túnel por el que accedimos a la plaza y pegado a la cara norte de la Catedral, está el Palacio de Gelmírez.

Este Palacio Arzobispal, importante obra del Románico civil, lo hizo construir el Arzobispo Gelmírez cuando fue destruido el antiguo durante la revuelta popular de 1117.

Los salones interiores del palacio contienen grabadas en sus piedras curiosas escenas de la vida cotidiana de la época, entre las que ya aparece representado uno de los manjares más tradicionales de la cocina gallega: la empanada.

Desde el Palacio, a la derecha, vemos el Hostal de los Reyes Católicos. Se empezó a construir en 1501, por orden de estos monarcas, como Hospital Real para peregrinos. Para costear la obra, se redactó una bula papal por la que se concedían indulgencias a los que contribuyeran con un donativo.

En su portada plateresca, una obra de arte sobre la piedra, aparecen, entre otros, Adán y Eva, los doce Apóstoles y los reyes grabados en dos medallones sobre la puerta. Entre la Virgen y Jesucristo, está la ventana del Aposento Real que los monarcas utilizaron durante sus estancias en la ciudad.

Una preciosa cadena labrada sobre piedra, recorre la cornisa salpicada de bellas gárgolas de figuras extravagantes.

Otra cadena, pero de hierro, sujeta por altos pilares de piedra, delimita el territorio real, de modo que si un huido de la justicia eclesiástica quería acogerse a la justicia del rey, le bastaba con rebasar la cadena para encontrarse a salvo.

En definitiva, otra bella obra para una plaza, que veía como “aterrizaba” en ella uno de sus arzobispos… en el s. XIII.






viernes, 29 de julio de 2011

Ladrones de nubes (Soria)

Dicen los campesinos en muchas tierras de Castilla que, en los últimos años, se vienen viendo repetidamente extraños aviones. En los alrededores de Ólvega y de Ágreda, y en toda la zona cercana al Moncayo, los agricultores están cansados de que cuando los nubarrones envuelven la cumbre del monte –amenazando tormenta- aparezcan siempre las mismas naves misteriosas de gran tamaño: unos aviones que surgen de pronto haciendo rugir sus motores como si fueran a alguna guerra desconocida.

Algunos cuentan que se parecen de lejos a las cazas, a los aeroplanos o bombarderos de la segunda guerra mundial, y que nadie sabe de dónde vienen ni a qué, pero sí que llegan del norte o del nordeste, persiguiendo los algodonosos rebaños de masas nubosas. Estas naves piratas pasan y vuelven a pasar por dentro de las nubes hasta que las desbaratan, disipando en jirones blancos la esperanza de que descarguen las tormentas, para esfumarse luego como taimados y velocísimos fantasmas.

También añaden los labradores de esta zona que son aviones que vienen a robarles la lluvia para llevársela a otras zonas, pues seguramente los envían desde Aragón o La Rioja para garantizar allí las buenas cosechas y que no caiga ni una piedra de granizo en sus fértiles huertas.

Algunos creen que las primeras avionetas empezaron a aparecer cuando España entró en la Comunidad Europea y ésta decidió recortar la producción de cereal. Y otros afirman que son las compañías de seguros las que deshacen las tormentas para no tener que pagar así las indemnizaciones que los agricultores podrían cobrar a cuenta de los daños causados por el granizo. El caso es que ya no llegan a formarse las tormentas que, entre abril y junio, descargaban abundantemente su agua en tierras sorianas y que el oro de trigo no brilla como antaño en ellas. Dejaron de venir y descargar su agua las nubes del Moncayo.

No hace tanto tiempo que en los pueblos de Castilla y de otros muchos sitios había brujos, que solían ser también curanderos o sanadores, a los que se creía capaces de desbaratar las nubes y hacer llover.

Y Cristos a los que si se les metía en el río o el pilón también, según aseguraban los más viejos, traían lluvia. Si no llueve, habrá que volverlo a hacer.

Pero no sólo hay aeronaves que rompen las nubes: en la Tierra de Pinares vallisoletana se dice que, hace unos años, era frecuente ver avionetas que lanzaban topillos desde el cielo –algunos los vieron caer en bolsas que llevaban paracaídas- y ésta habría sido la causa de la plaga de esos animales que inquietó a muchos pueblos de la zona. Estaban en todas las casas, salían de debajo de las alfombras y hasta se los encontraba uno entre las sábanas de la cama cuando iba a acostarse. No sólo llovían topos: también culebras y víboras. Unos cuentan que era el Instituto de Conservación de la Naturaleza, el ya desaparecido organismo estatal ICONA, el que mandaba a sus aviones con estos molestos inquilinos a repoblar los parajes castellanos. Otros que eran ecologistas radicales, cuando se inicio la moda de salvar ciertas especies, pero en todo caso –fueran quienes fueran- parece que lo hacían para que las aves rapaces de todas estas tierras tuvieran alimento vivo del que nutrirse. Los más imaginativos suponen que primero lanzaban los ratones y luego las serpientes. Éstas devorarían a los roedores y las águilas reales se comerían a aquéllas. Extraña manera de restablecer el equilibrio de la naturaleza.

Esta leyenda que –como otras tantas- se localiza en puntos concretos, provocando consecuencias en el plano de la práctica, ha sido objeto de atención de la prensa escrita. Un reportaje titulado «Guerra en el cielo de Soria por el robo de las nubes» daba cuenta –en un periódico de tirada nacional- de la lucha que los agricultores de algunos pueblos sorianos mantienen contra las avionetas fantasmas que les roban las nubes para llevarse la lluvia a otras provincias (EL MUNDO/Año XVII, Número 574 Crónica Domingo 29 de octubre de 2006). Para ayudarse en su pugna celeste, estos campesinos han comprado mini-aviones espías los cuales detectan la presencia de las aeronaves que -según ellos- ahuyentan las tormentas derramando en las nubes yoduro de plata.

Independientemente de la verdad que pueda haber en esta versión de los hechos, pues es cierto que técnicas de ese tipo (denominadas «siembra de nubes» o «lluvia artificial») se han ensayado en algunos países como Israel y –al parecer- en determinadas zonas de España, la creencia en que las nubes pueden ser desbaratadas de uno u otro modo viene de antiguo. Nuberos, reñuberos o regulares se ha venido llamando en pagos de León y Zamora a los hechiceros que «mangoneaban el tinglado de las nubes, principalmente los truenos, relámpagos, granizo y trombas de agua: todo lo que puede hacer daño» (Morán Bardón 1986: 99). Los tempestarios o brujos causantes de tempestades y granizo con sus procedimientos mágicos eran descendientes directos de los tempestarii romanos y personajes muy temidos en muchos lugares de Europa a lo largo de toda la Edad Media.

En el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo, que los reyes leoneses hacían cumplir y contra el que los castellanos se rebelaron, se coloca a estos hacedores de tormentas que «hacen caer piedras en las viñas y las mieses» junto a otros hombres y mujeres que practicaban artes diabólicas, como los «agoreros» o augures y los condena a sufrir la pena de «recibir doscientos azotes, siendo señalados afrentosamente en la frente, y llevados por diez villas circunvecinas a la ciudad, para escarmiento de los demás» (1868-1873: 152).

Este texto, heredero del código visigodo –y, por lo tanto, romano- de justicia se mantuvo vigente en León hasta época tan tardía como el siglo XV y de forma parcial y consuetudinaria prácticamente hasta el XIX. Pero no sólo los seres humanos podían provocar estos males del cielo, trayendo y llevando la lluvia a su antojo: todavía en tierras leonesas se cree en que las animas errantes tienen esa facultad, como también los «reñuberos», genios maléficos o benéficos –según se los trate- a los que «se puede ver entre las figuras caprichosas que forman las nubes; pues en ocasiones toman forma humana» (Rúa Aller y Rubio Gago 1986: 79).

Una forma de conjurar la amenaza de estos provocadores de tormentas consistía –como cuentan Rúa Aller y Rubio Gago- «en lanzar un zapato al aire con todas las fuerzas por parte del conjurador de nubes, que solía ser el sacerdote» De este modo, «el zapato acababa por caer en algún sitio, y esta era la señal para que el nubero descargara su temido pedrisco sólo en un lugar donde el zapato había caído». Y añaden estos autores que en un caso de este tipo, que les fue relatado en Sahelices de Sayazo, «el lugar donde se tiró el zapato y descargó la truena fue el río» (Rúa Aller y Rubio Gago 1986: 83).










Un suceso muy parecido aparece en «La leyenda del nuberu», que recoge García de Diego. Según esta narración, en Asturias se piensa que el Nuberu vive muy lejos, en tierras de Egipto, en lo alto de una cumbre:

«Allí tiene su palacio, que comparte con su mujer y sus hijos. Todos los días, el Nuberu inicia su viaje en una nube. Su nombre es Juan Cabrito; es muy alto y muy feo. Viste pieles sobre su cuerpo y se toca con un viejo sombrerón de anchas alas. Un cura de Meguyines se encaró con él, después de tocar la campana sin conseguir que la tormenta se fuera, y le dijo que descargara el granizo en su zapato. De esta manera todo el pedrisco cayó en medio de la huerta del sacerdote que es donde éste había tirado su calzado» (García de Diego 1958: 318).

Este nuberu egipciaco –en el que, de acuerdo con García de Diego, aún creían muchos asturianos- se muestra, sin embargo, benéfico con un joven labrador que lo acoge en su casa cuando pierde su nube y se le hace de noche en Asturias. Más adelante, el Nuberu le devolverá el favor llevándolo velozmente sobre las nubes a su patria, pues el labrador había ido a servir al rey de Palestina, y convirtiéndole en un hombre muy rico, ya que mientras vivió «no dejó de regarle sus tierras suavemente» (García de Diego 1958: 319)

De los nuberos, humanos o sobrenaturales, se ha pasado a creer en aviones misteriosos que –al igual que aquéllos- administran las nubes. Quizá porque –como apuntan Ortí y Sampere- «los antiguos seres sobrenaturales que nos visitaban se han vuelto ‘sobre tecnológicos’» (Ortí y Sampere 2006: 94). Pero, más que nada, porque la tecnología resulta para muchos tan mágica e incomprensible como los genios mitológicos y, en ocasiones, no menos amenazadora. 

miércoles, 27 de julio de 2011

Celtas

Celtas
El hallazgo de una arcaica lengua común demuestra que los pueblos indoeuropeos tienen su origen a partir de un solo pueblo, localizado en las estepas del mar Negro, entre los años 4500 y 3500 a.C.

Hacia el tercer milenio, los cambios climáticos, la presión de otros pueblos o la búsqueda de tierras más fértiles y de nuevos pastos para el ganado, provocaron que este primitivo núcleo indoeuropeo comenzara su expansión, penetrando en Europa oriental y dando lugar a nuevas culturas entre las que están los Celtas, aquellos pueblos bárbaros que un día fueron llamados Keltoi por los griegos.

Hacia 1200 a.C. “Edad de Bronce”, el oriente de Francia y occidente de Alemania, lo ocupa una comunidad precelta que incineraba a sus muertos y guardaba sus cenizas, que recibió el nombre de los Campos de Urnas.

Hacia el s. VIII a.C. “Primera Edad de Hierro”, esta civilización empezará a decaer dando lugar a una cultura que trabajaba el hierro y que ya es considerada Celta, la Cultura de Hallstatt. Esos pueblos, ayudados por la superioridad de sus armas comenzaron a extenderse, llegando en el s. VII a.C. a la Península Ibérica.

Hacia el s. V a.C. se desarrolla la llamada Cultura de La Tene, en la “Segunda Edad de Hierro”, durante la cual los Celtas alcanzan su máximo esplendor, ocupando ya toda Francia, Bélgica, el norte de Italia, las Islas Británicas y extendiéndose por los Balcanes y Asia Menor.

Eran pueblos de raíz aria, tribus independientes frecuentemente enfrentadas entre sí, que nunca tuvieron un concepto de estado aunque, originalmente, sí tuvieron en común una cultura, una lengua y unas creencias religiosas.

En su sociedad, formada por familias que se unían en clanes, las mujeres administraban los bienes y las tierras, mientras que los hombres ejercían el poder, la política y la guerra. Aunque también hubo famosas reinas y guerreras.

Fueron pueblos belicosos, amigos de la libertad, dedicados a la agricultura, la minería, la ganadería y la caza.

Vivían en aldeas amuralladas, en casas de hechas de piedra, con forma ovalada o circular y tejados de paja.

Introdujeron el hierro en el continente europeo y tenían un completo sistema legislativo que disponía de derecho civil, penal, matrimonial y sucesorio.

Su sociedad estaba encabezada por Reyes y Druidas.

El Rey era el jefe supremo de los guerreros, pero en las asambleas estaba supeditado al Druida, tomando la palabra cuando él lo autorizaba.

Los Druidas constituían una clase sacerdotal con mucho poder en la estructura social. Participaban activamente en la vida política, social, jurídica, cultural y religiosa del pueblo, formando junto al Rey la cabeza del poder.

El siguiente lugar en la escala social lo ocupaban los Guerreros. De espíritu valeroso, su creencia en la reencarnación y en otra vida, hacía que se enfrentaran en la batalla sin el más mínimo temor a la muerte.

Buscaban la lucha cuerpo a cuerpo, utilizando emboscadas y tácticas de guerrilla, pero carecían de estrategia militar. Preferían morir a ser derrotados y cortaban la cabeza de sus enemigos en reconocimiento a su valor, pues para ellos, en la cabeza estaba el espíritu del hombre y en ella residía su fuerza y su coraje.

En caso de necesidad, también las mujeres luchaban, caracterizándose por su valor.

Después, estaban los Artesanos, encargados de fabricar las armas y todo tipo de objetos y utensilios.

A continuación, los Hombres Libres, el pueblo formado por comerciantes, ganaderos y campesinos.

Por último los Esclavos, que solían ser prisioneros.

Por su extensión, la cultura Celta alcanzó una gran importancia, hasta que a partir del s. II a.C. los pueblos germanos empezaron a ejercer una fuerte presión militar por el norte y los romanos por el sur. La Galia es ocupada y una gran parte del territorio Celta absorbido por el Imperio Romano. Aún así, mantuvieron la adoración a sus dioses hasta que el Imperio adoptó la fe cristiana.

Pero el cristianismo ayudó a mantener el legado cultural Celta, transmitido oralmente de una generación a otra.

A partir del s. V, los monasterios recopilan las antiguas leyendas, que han podido así llegar hasta nuestros días.

Los grupos que habían llegado a la Península Ibérica se fusionaron con los primitivos asentamientos ibéricos, dando lugar a la cultura Celtibérica.














Escenas e imágenes de la cultura celta, viviendas, vestimentas, arte y tradiciones.

martes, 26 de julio de 2011

El robo del Siglo - Desaparece el Códice Calixtino








13/07/2011 11:30:42: El Códice Calixtino se considera una de las joyas de la identidad gallega, pero misteriosamente ha desaparecido de la Catedral de Santiago de Compostela. La obra, que recoge la tradición de las peregrinaciones y la ruta jacobea, estaba custodiada en el Archivo catedralicio.

Según informa El Correo Gallego en su edición digital, el Códice fue robado en la basílica compostelana sin que nadie reparara en ello. Su falta se descubrió el martes a última hora de la tarde, y desde entonces, por mucho que han buscado y rebuscado en la Catedral de Santiago, no lo han encontrado.

El 'Codex Calistinus', a través de sus cinco libros, presenta el hecho, fundamental para Europa, de las peregrinaciones a Compostela y permite conocer las dificultades de las rutas, sus usos lingüísticos y sus costumbres, describe los paisajes y sus gentes, anécdotas, milagros del Apóstol y sermones.

La Policía ya está informada del robo y las investigaciones se extienden por toda España.
A92Noticias July 7, 2011
El texto de este Codex es atribuido al monje cluniacense, de mediados del siglo XII, Aymerico Picaud, clérigo de Pitou, acompañante del pontífice Calixto, Guido de Borgoña, en su peregrinación a Santiago por el año 1109.

El 'Codex Calixtinus' lo componen cinco libros, el primero y más extenso, denominado 'Libro de las liturgias'; el segundo, de 'Los milagros'; el tercero, 'La traslación de Santiago'; el cuarto, 'Las conquistas de Carlomagno'; y el quinto y último, 'Guía del peregrino''.

sábado, 23 de julio de 2011

Entierro del último príncipe heredero del imperio austrohúngaro






Si pinchas la imagen puedes entrar en la página web del periódico abc.es y seguir en directo el funeral del último príncipe heredero Austrohúngaro Otto de Habsburgo y leer la noticia de actualidad internacional.



Funeral por Otto de Habsburgo


Ángel Expósito
Pobre Europa sin europeístas

ÁNGEL EXPÓSITO

Así nos va. El pasado 4 de julio murió Otto de Habsburgo y se demostró, una vez más, que nos estamos quedando sin europeístas. Y en el peor momento. No se trata de rememorar una biografía de novela, que ya nos recuerdan en estas páginas Ramón Pérez-Maura o Hermann Tertsch. La cuestión es echar un vistazo a europeísmo fraguado desde Austria, España, Portugal, Francia, Suiza, Bélgica, Hungría y Estados Unidos. Un amor a la Europa unida que le permitió apreciar las crisis, como la actual tormenta del euro, con un optimismo típico de quien ha vivido lo peor de lo peor. Otto de Habsburgo fue enterrado en Viena con los honores que no le brindaron en vida sus propios austriacos. Es lo que tiene la condición humana y, en especial, la condición europea. Hoy que añoramos a los líderes del Tratado de Roma, de Niza y hasta a los de Maastricht; cuando cada uno va a lo suyo y el que no miente resulta que barre para casa, es cuando apreciamos que nuestra Europa se está quedando sin europeístas. Hace unas horas fue enterrado uno de los últimos. Al menos, nos deja una Hemeroteca de ABC llena de sus pensamientos y sueños. Lástima que la realidad del Viejo Continente se aleje cada día que pasa, un poco más, de aquello que gentes como Otto de Habsburgo imaginaron.

jueves, 21 de julio de 2011

Adiós a Facundo Cabral, el Trovador de la Paz








Si pinchas la imagen puedes ver un vídeo en YouTube de Facundo Cabral un cantante que ya no lo tenemos con nosotros pues se "mudo" a él le gustaba decir cuando hablaba de la muerte. Siempre estará presente por medio de sus canciones.

Desgraciadamente en este mundo pasan cosas como estas. Homenaje a Facundo Cabrales, descanse en paz.

El mundo debería aprender de él.

miércoles, 20 de julio de 2011

Contra el estrés

Confía en que la vida
te facilitará lo que necesites.
Lo que proporciona serenidad
no es tener lo que uno quiere
sino querer lo que uno tiene.






martes, 19 de julio de 2011

El dolor, camino de purificación

Contemplo a Cristo colgado del madero. Mirando a Cristo, agonizante, con sus llagas, con la hendidura de los clavos en sus manos y sus pies, con su rostro doliente, deshidratado y desangrado, sin apenas fuerzas para aspirar una bocanada de aire, con su piel desgarrada y macerada, con el ritmo cardiaco desplomado, comprendo el sentido del sufrimiento humano. Hay, sin embargo, en su rostro, la voluntad a sobreponerse al dolor, a no desfallecer ante tanta convulsión.

El mundo necesita este sufrimiento, realidad misteriosa y desconcertante. Con su muerte en la Cruz, Cristo penetra en nuestro dolor, nos hace partícipes de su angustia, se adentra en la agonía del espíritu y el desgarramiento del alma. Cuando el hombre sufre se hace verdadero miembro de la Iglesia.

No puedo parar de contemplar al Cristo agonizante, con la boca seca. Y su cabeza caída con el mechón que cubre parte de su rostro –uno de los elementos que más originalidad dan al cuadro- me dicen que toda forma de dolor implica una promesa divina de salvación y alegría. El dolor no debe ser considerado como una experiencia negativa. Al contrario, el dolor y el sufrimiento son consustanciales a la condición del hombre, consecuencia del pecado original.

Cada enfermo, cada persona que sufre, tiene en la figura de Cristo el verdadero significado de sus padecimientos. El dolor y el sufrimiento son una prueba para el hombre. Un camino de purificación, de liberación interior y de enriquecimiento del alma. Un sufrimiento llevado con paciencia y generosidad es el mejor modo de oración y ejemplo para quienes nos rodean.










ORACIÓN:

Señor, que a la hora de sexta subiste a la Cruz pro nuestra salvación, mientras las tinieblas envolvían al mundo, concédenos que tu luz nos ilumine siempre, para que, guiados por ella, podamos alcanzar la vida eterna.

viernes, 15 de julio de 2011

El perro que volvió a ser lobo (León)

Según cuenta la historia, Jeras vivía en una de las casas más antiguas que aún se pueden ver en el pueblo de Salientes, más allá de Palacios, en el Alto Bierzo. Es una construcción que está en la entrada que hay al pueblo por Poniente. Cuando Jeras vivía, las entradas a Salientes eran tres o cuatro, ninguna más importante que la otra, pues cada una procedía de las comarcas colindantes. La carretera que hoy llega hasta el pueblo y cuyo puente fue recientemente barrido por las aguas desbocadas de las últimas tormentas, es un invento del pasado siglo que vino a destruir –más que a incentivar- la comunicación con los pueblos de paso y de destino por las otras vías. Ahora, como tantas veces suele ocurrir con los adelantos del supuesto progreso, parecería que sólo se puede entrar o salir por un solo camino: que existe una única manera de hacer las cosas. Y no es verdad. No lo era, al menos, en los tiempos en que Jeras habitaba en esa primera o última casa de Poniente.

El caso es que Jeras se encontró –uno de los muchos días en que recorría el monte siguiendo a su ganado- con una cría de lobo. Puede ser que la madre hubiera muerto a manos de crueles cazadores o que, rezagado de la camada, quedara extraviado en la nieve. Fuera como fuese, se trataba de un lobezno que apenas se tenía sobre sus patas y que miró a Jeras como un cachorrillo abandonado, tocándole el alma. Y el hombre, que también sabía lo que era matar lobos (ya que había sufrido los ataques estas fieras en su propio ganado), en esos momentos no experimentó ninguna sensación de odio al verlo, sino una inmensa compasión.

Los vecinos no dejaban de advertirle, con cierto temor por la proximidad del animal, que cuando el cachorrito se hiciera mayor volvería a ser la fiera que todos conocían: el lobo que mataba a su ganado y que bajaba en las noches de invierno a husmear junto a sus puertas aullando de hambre. Le recordaban también casos parecidos de gente que había tenido en la comarca toros bravos, zorros u otras alimañas como animales domésticos y que siempre aquellas historias habían terminado mal. Pero Jeras pensaba que se preocupaban excesivamente por él y que no debían temer nada del animal, pues había alimentado y cuidado al cachorro como a cualquiera de los perros que ya tuvo en el pasado y su lobote respondía igual que aquellos mastines e incluso se diría que resultaba menos agresivo que algunos de ellos. El lobo hacía fiestas con el rabo cuando le veía llegar y carantoñas cuando lo acariciaba; venía arrastrándose por el suelo siempre que quería un pedazo de pan. Eso sí, Jeras nunca se decidió a ponerle un nombre que lo hiciera suyo, pues algo le decía que el lobo solo se pertenecía así mismo, que un día podía volver al monte y no volver más. Y no quería sufrir pensando que quizá llegara un momento en que aquel ser salvaje que se comportaba como si fuera de su propiedad acabara abandonándolo. «Mejor no forzar las cosas» -se dijo para sí.
-Si quiere quedarse, cuando sea adulto ya me lo hará saber de alguna manera. Hasta entonces será solo mi invitado.

Quizá por eso mismo Jeras no tomó muy en cuenta que –en cierta ocasión- el lobo arañara a las reses en sus patas traseras o reaccionara enseñando los dientes cuando algún niño del vecindario se le acercaba de improviso, gritando y dando saltos como suelen hacer las criaturas. Su animal era especial y caminar entre los de su pueblo con un perro que era más que un perro, con un ejemplar único y magnífico –al que no se dejaba de respetar- le daba como un cierto prestigio. Entre sus convecinos únicamente él había sido capaz de amaestrar a un ser verdaderamente salvaje. Un ser que le obedecía y agachaba la cabeza o se sentaba al instante toda vez que delante de sus paisanos, para hacer demostración de su poder, le alzaba la voz.

Pero llegó un fatídico día de invierno en que Jeras tuvo que ir a Villablino a resolver unos asuntos de la herencia que sus abuelos le dejaron y, entonces, dudó: ¿llevaría al perro-lobo con él o lo dejaría en el pueblo? ¿Qué podía hacer aquel animal al verse solo y libre de la autoridad de su amo? Jeras decidió dejarlo en la parte de atrás de su casa, pues tampoco se atrevió a meterlo en el corral donde podía organizar una escabechina con las reses si le daba por volver a las andadas. Y emprendió el camino. Pero no había alcanzado aún la linde que separa Salientes de los otros pueblos, cuando vio venir desde la cima del monte a su amado lobo –que había huido del encierro- y corría velozmente hacia él, haciendo –como siempre que volvían a encontrarse- chanzas amistosas con su cola. Anduvo con el lobo tras sus pasos por las calles de Villablino cobrando el dinero que le debían, comprando provisiones para el invierno, apalabrando tratos venideros y, canto antes pudo, bastante antes de que se hiciera de noche, se apresuró para iniciar el regreso. Recordaba el diálogo inquietante, que en un cuento que le habían narrado repetidamente en la infancia, hablaba de la ferocidad nocturna de los lobos:

-Y ahora no me comerás?
-No, pero por si acaso anda de día
Que la noche es mía.

No había llegado Jeras al término de Salientes cuando la noche ya había caído sobre ellos. El lobo se iba quedando algo rezagado, andando en círculos amplios y mirando de medio lado –como suelen hacer estos animales cuando están en campo abierto y olisquean alguna posible presa-. Empezó a nevar y los copos se hicieron dueños de la tierra y el cielo.

Jeras escuchó el aullido de los lobos en lo alto del monte. El perro no ladraba porque no era un perro, seguía siendo un lobo y los lobos son incapaces de ladrar. Cuando la noche se hacía más oscura y Jeras comenzaba a tropezar con las piedras que había entre la nieve, el lobo lanzó el primer aullido de su vida con el que contestaba a los que no habían dejado de ser sus hermanos. Jeras se asustó, ya no le veía: sólo escuchaba sus aullidos, que –por el lugar donde sonaban- parecían cada vez más próximos a la manada y más distantes de él. Hasta que ya no distinguió unos de otros. El aullido de su perro se confundía con el de los lobos que lo seguían.

Al cabo de un rato de oscuro silencio, volvió a oírlos resonando más y más cerca. Sintió que uno de los lobos lo rozaba con la cola, cayó al suelo y otro se atrevió a saltar por delante de él; finalmente, distinguió entre las sombras amenazantes a su lobo-perro haciendo ademán de mordisquearle los tobillos. No lo dudó: cogió el zurrón en el que aún tenía algunos mendrugos del pan que había llevado para el viaje y empezó a tirar trozos tras de sí. La estratagema le dio resultado: los lobos se detenían a comer el pan desperdigado en el camino. Ya sin tan molesta compañía, apresuró el paso, casi corrió cuando iba viendo las primeras casas del pueblo y, entre ellas, la suya: la salvadora casa de Poniente.

Se deshizo del morral con lo que quedaba de pan y, libre del peso, se lanzó a tumba abierta hacia lugar seguro. Sin recato alguno, con el corazón en la boca y casi ahogada su respiración, abrió nervioso la puerta y se cerró con llave. Pasaron días, semanas. Una tarde tranquila de marzo, el lobo regresó como si nada hubiera pasado, meneando –con absoluta inconsciencia que a Jeras le pareció desfachatez- la corta y ancha cola cenicienta. Dejó de abanicarla y se tumbó delante de él, sumiso, poniendo luego la cabeza entre las patas, como cuando esperaba el agua o la comida.

Jeras ya no tuvo dudas esta vez. No podía permitirse dudar. El pueblo y él mismo no se lo hubieran perdonado. No se trataba –sólo- de no perder el respeto de los demás: tenía que seguir respetándose como hombre a sí mismo. El dolor del fracaso y la traición le quebró por dentro: ¿Quién traicionaba a quién? No dejaría de hacerse esta pregunta en toda su amarga existencia.

Se acercó al lobo que le lamió la mano casi tiernamente y –al tiempo- Jeras le puso la correa de su cinto al cuello. La misma correa con que lo arrastró hasta el árbol más próximo y, tirando por el otro lado de una rama que juzgó suficientemente fuerte, improvisó la horca ineludible. El cuerpo del lobo quedó colgando sin vida del árbol, recortándose su silueta siniestra de fiera contra la sangrienta despreocupación del crepúsculo.









Seguramente no es casual que el relato en que está basado mi texto, tan significativo del tiempo y las «culturas híbridas» en que vivimos, me llegara en forma de e-mail a mi buzón de correo electrónico (y de ahí que lo reproduzca exactamente como pude imprimirlo, con los espacios entre párrafo y párrafo, entre unas líneas y otras, entre una y otra palabra que sugieren, curiosamente, las pausas y el ritmo de una conversación o casi la cercana respiración de quien habla). La persona que lo envió ya me había contado oralmente, con anterioridad, lo que aquí se denomina «historia» y, de hecho, hay una referencia inicial –muy reveladora- a esas vías de la oralidad en que la narración ha vivido y se ha venido transmitiendo antes de llegar hasta ella dentro del ámbito familiar, como una verdadera «historia de familia». Por ejemplo, esa alusión a la casa –que es, a un tiempo, solar natal- confiere no sólo una veracidad, sino –sobre todo- una continuidad a lo que se cuenta. «Cuento lo que se me ha contado» -parecía estar diciéndome la «voz» que hablaba a través del e-mail- «y damos fe de ello todos los que hemos nacido y vivido en esa casa por generaciones».

El relato, pues, sí que nos sitúa la «historia» en un «pasado etnográfico», en un «no tiempo» en el que los cambios más importantes de los últimos años no habrían acaecido aún. Se presupone –o parece presuponerse- también que las cosas siempre habían sido igual antes, de la misma manera equilibrada y armoniosa, lo que –evidentemente- no es cierto. Pero conviene que parezca así para que identifiquemos convenientemente la carretera con la transformación brusca y a Jeras con el personaje mítico que va a hacer algo peligroso y no permitido –o, por lo menos, no recomendado-, para que personifiquemos en Jeras a la fuerza que va a traer (o puede introducir) en el pueblo la desgracia.

Jeras no es un «trasgresor» de cuento que introduce lo ignoto, lo que está por llegar, los cambios hacia el futuro. Es, más bien, un trasgresor hacia el pasado, que vuelve a la naturaleza encarnada en el lobo, a lo natural no domesticado ni esculturado. Jeras regresa a un pre-tiempo salvaje con la acción –aparentemente algo irresponsable- que va a cometer. Jeras podía permitirse la compasión, lo que no era tan difícil en aquel entonces como hoy en día. Y se llevó al lobezno a su hogar. Aunque los vecinos le advirtieran del peligro aún se podía llevar alguien un lobo a casa y, de hecho a mí mismo me han contado otras historias de cazadores o alimañeros que, como Jeras, se habían apiadado de algún cachorro y lo habían convertido en su animal de compañía. Actualmente, el control cada vez mayor sobre los cánidos, las vacunas y la amenaza de multas, hacen prácticamente imposible que se repita una historia como ésta, salvo que se trate de naturalistas que mantengan a los lobos en parques apropiados como parte de su trabajo. Ahí está –precisamente- el meollo de la historia, la incógnita, el problema que todo relato mítico –y éste lo es- plantea desde el plano de las realidades y soluciona en el terreno poético. El caso del perro de Jeras –de un animal salvaje que hemos acostumbrado a vivir como mascota, como doméstico- puede darse en más de una ocasión de forma igual o parecida. El acierto de esta leyenda radica en llevar la situación al límite : ¿qué haría un lobo que ha sido convertido en perro si se ve en la noche entre los suyos, entre sus hermanos «naturales» -los otros lobos-, en la circunstancia de atacar a un hombre que era su amo hasta ese momento? ¿Qué voz tenderá a escuchar, qué mundo le llamará con más fuerza, el de los hombres que han hecho de él un perro obediente o el de los lobos que reclaman la sangre de una presa? Naturaleza o cultura, ése parece ser el debate. Sin embargo, la cuestión, -vuelvo a repetir- se resuelve en un nivel propio de la poesía, más que de la zoología, de manera poética y filosófica.

Pues probablemente un lobo –en concreto-, como animal que se identifica con su manada y para el cual la jerarquía es muy importante, se inclinaría más –en una situación límite como ésa- a agruparse con la mandad humana en que ha sido criado y con el jefe de la misma que con otros congéneres, que con los miembros de su propia especie. Siempre –claro- que la domesticación se haya llevado a cabo correctamente. Y ése es el auténtico dilema que el texto nos plantea: si la domesticación de un animal salvaje, incluido el hombre, llega a ser completa o en una coyuntura que favorezca la reaparición de la naturaleza ésta puede vencer al «acostumbramiento», a lo que ha sido enseñado y transmitido, a la cultura en suma. Y la leyenda intenta apuntalar la idea, bastante extendida popularmente y que no ha dejado de ser objeto de discusión científica, de que la naturaleza vence a la cultura, de que el lobo –en cuanto a animal fiero y asesino- nunca dejará de ser lobo, que lo salvaje predominará en él (y en nosotros), en la medida que el lobo funciona en estos relatos como metáfora del propio hombre sobre lo civilizado.

En la leyenda, el perro de Jeras se va despojando de sus caracteres de perro, de animal domesticado y –en cierto modo- «humanizado» (construido culturalmente por los humanos) hasta que impone su «voz» sobre la del hombre. Hace unos primeros ensayos de aullido lobuno. Y el destino, el desenlace fatal –supuestamente marcado por la naturaleza- se cumple. El lobo finalmente aúlla, con fuerza, ya que está tan bien alimentado como un perro. Separado de los hombres, vuelve a portarse como el lobo que es. Incluso, el texto nos hace notar que el antes «perro de Jeras» -como dicen que ocurre con los lobos que han tenido algún contacto con los humanos- no muestra el temor o precaución que tales animales suelen experimentar hacia los hombres y se distingue de todos por ser «el más atrevido», el que más se acerca para morder a su antiguo amo. Este fragmento del texto nos recuerda otras leyendas sobre ataques –nunca del todo bien comprobados- de lobos a hombres y, más en concreto, el suspense de algún romance de ciego sobre una familia que es atacada, tras una gran nevada, por una manada de ellos.

Hay un cuento popular también, recogido entre otros por Aurelio M. Espinosa, hijo (1987), de «El lobo malo» o «El lobo madrugador» (núms. 30 y 31), en que éste, «un lobo muy malo que siempre mataba a los animales que encontraba», cede ante las peticiones que le hacen distintos animales (todos doméstico, como la yegua, la cerda o los carneros) antes de que vaya a matarlos y, en realidad, para escapar a su muerte. El mismo tema (Aarne-Thompson, núm. 122A) aparece en el Calila e Dymna, las Fábulas de Esopo, Libro de buen amor y Fábulas de Samaniego. La versión de Aurelio Espinosa hijo, que a continuación reproduzco, fue recogida de labios de una persona nacida en Morgovejo, Riaño (León), y esa es la información que el recopilador dará, pero la recopilación en sí tuvo lugar –en realidad- el 19 de mayo de 1936 en un pueblo de Palencia. En ese mismo año –como todo el mundo sabe- empezó la guerra civil española: los «malos hombres» estaban a punto de convertirse en «buenos lobos» por aquellas fechas en esas tierras.

Al final del relato el lobo se lamenta de haber desempañado, por compasión, una serie de actos impropios de su especie (cosas sí realizadas por los hombres) que le han acarreado la desgracia. Pero todavía puede llegarle un mal mayor, de la mano directa del propio hombre:

«-¿Quién me haría a mí bautizador de gochos, si mis padres y abuelos nunca lo fueron? ¿Quién me haría a mí sacador de espinas si mis padres y abuelos nunca lo fueron? ¿Quién me haría a mí partidor de praos, si mis padres y abuelos nunca lo fueron? ¡Si caese un rayo de cielo y me matara!

Y el hombre que estaba arriba en el roble, el leñador, suelta el hacha y le dice:

-¡Mal lobo, allá te va!
Y dejando caer el hacha encima de la cabeza del lobo le mató» (Espinosa 1987, pp. 65-66).

Como Jeras, que pretende que un lobo «haga de perro», este lobo es castigado –trae la fuerza del destino sobre sí- por «hacer de hombre», por demorar su «cometido natural» de depredador de animales domésticos, entreteniéndose en realizar actividades que están reservadas a los humanos. Ambos, por piedad o descuido, desafían y transgreden unas supuestas e inexorables «leyes de la naturaleza» que aconsejan mantener separados los elementos salvajes de los civilizados, la naturaleza de la cultura. Jeras y el lobo del cuento se atreven a hacer y ser «lo que sus padres y abuelos nunca fueron», uno «partidor de prados» y el otro amaestrador de lobos. Sin embargo, el lobo muere por ello, por ser «un mal lobo» -como dice el leñador- más que «un lobo malo» y Jeras no, aunque también esté a punto de fenecer…