jueves, 24 de febrero de 2011

El ojáncano enamorado (León)

En los pueblos próximos a La Bañeza aún se tiene un gran temor a las tormentas rojas que proceden de la sierra de Carpurias. Se dice que en la más alta cima vivía un gigante de un solo ojo, un ojáncano u ojaranco que los llaman en las tierras cántabras y astures de más arriba, que habría sobrevivido a todos los de su especie.

Pues hubo un tiempo en que los ojáncanos casi se confundían con los hombres y vivían en paz junto a ellos. Los había malos y buenos como los propios humanos, hasta que éstos empezaron a perseguirlos para robarles el oro que guardaban en sus montañas. A partir de entonces ya sólo vivirían para hacer el mal: arrancaban los árboles, llenaban de grandes piedras las fuentes, quemaban las cosechas, mataban al ganado, raptaban a las mozas más bellas de las aldeas porque los ojáncanos son muy enamoradizos…

Aunque el ojáncano de Carpurias, al que allí llaman el gigante de la peña, era un ojáncano bueno que vivía tranquilo en su gruta y se conformaba con las ofrendas de leche que le hacían los lugareños. La encargada de llevársela era una hermosa pastora de la que el ojáncano se enamoró.

Pero no intentó raptarla, sino que la cortejaba a distancia. Hasta que la muchacha tuvo que irse con su familia lejos de allí y no faltaron malas lenguas que achacaron esta repentina partida a la persecución amorosa de que era objeto por parte del gigante. Unos decían que la chica le correspondía y que los padres decidieron poner tierra de por medio para impedir relación tan monstruosa. Otros que, a pesar de que jamás habían llegado a estar tan cerca como para tocarse, los padres prefirieron irse ante la vergüenza que les causaba el que la gente, con sorna, empezara a llamar a su hija la novia del ojáncano.
Sea como fuere, el ojáncano quedó desconsolado para siempre.
Y dicen que ese día bramó desde la más alta cima atronando la sierra y que cada vez que se vuelve a quejar el ojáncano –o su fantasma- provoca las terribles tormentas rojas que asolan aquellos parajes.


Me he valido para la elaboración de este texto tanto de los relatos populares sobre un lugar concreto como de la creencia, aún vigente especialmente en la mitad norte de España sobre el ojáncano u ojaranco, un ser fabuloso de un solo ojo que, de forma inevitable, recuerda a los cíclopes de la mitología clásica. Los ojáncanos, como las anjanas –de las que también recojo algunas leyendas cántabras en esta Antología- se caracterizan siempre por su tamaño anormal: o son personajes gigantescos o, por el contrario, son muy pequeños. Y, de ahí, que en algunas narraciones se dé a estos cíclopes nacionales de escasa talla y bastante traviesos el nombre de «ojaranquillos» (Díaz Viana 1985: 96-97).

Para las referencias a las tormentas rojas acompañadas de truenos que desencadenaría el gigante de un solo ojo que guarda fantásticos tesoros en la Sierra de Carpurias, he seguido algunas tradiciones locales al respecto que transcriben Francisco J. Rúa Aller y Manuel E. Rubio Gago en su libro sobre creencias populares leonesas. Lo curioso es que –como señalan estos autores- quizá tales tesoros no fueran sólo cosa de fantasía, pues en dicha zona y, más exactamente, en el término de Arrabalde, se descubrió en 1980 un importante yacimiento arqueológico, correspondiente a la segunda Edad de Hierro, que escondía abundantes joyas de oro y de plata (Rúa Aller y Rubio Gago 1986: 76).

Dice el escritor Antonio Colinas en alusión a este lugar conocido como Las Labradas y al tesoro en él encontrado de «torques, brazaletes, fíbulas, anillos, colgantes», que «aquel nido de águilas había sido un importante enclave de los astures, de la cultura castreña del noroeste, en el que lo celta y lo íbero, lo astur y lo vacceo se funden dando lugar a sugestivas señales arqueológicas». Y continúa afirmando que «este valle nuestro, el más situado al sur del territorio de los astures, es una tierra a la vez de límites y transición, de un fértil sincretismo, y el Castro de Las Labradas es el centro de una cultura peculiar, pero a la vez es lo que Eliade hubiera denominado un centro del mundo» (Colinas 2006: 131-132).

En lo que atañe a la caracterización del ojáncano y a la historia de su enamoramiento, he seguido el relato popular que Manuel Llano ofrece en su libro de leyendas Rabel bajo el título de «La novia del ojáncano». En él narra cómo la desesperación del cíclope ante la partida de la moza a la que ama hacia otro pueblo –por mandato de los padres de ésta- ocasionará que de ojáncano bueno y tierno se torne en monstruo perverso y encolerizado. Y cómo su comportamiento enloquecido repercutirá hasta tal punto en la aldea objeto de su furia que la gente que en ella habitaba se verá obligada a abandonarla y marcharse a otros lugares:

«Los vecinos arreglaban las parés por el día y el ojáncanu las tiraba por la noche. Así llegó el invierno. La gente estaba sin cosecha, los soberaos estaban vacíos, los pajares sin yerba. Tos los vecinos estaban entristecíos, sin tener una pizca de harina pa llevr al molinu. Una mañana, al poco de manecer, toda la gente se jué a un pueblu y otru, porque el ojáncanu enamorau no paraba de hacer mal. El pueblu se quedó solu y as casas se fueron caendo pocu a pocu, hasta que tó jué como un matorral…» (Llano 1934: 181-189).

Las innumerables leyendas sobre tesoros escondidos que custodia algún ser mitológico puede responder –como señalaba García de Diego- al «denominador común de la codicia humana» que haría soñar a los hombres con riquezas enterradas hace siglos (García de Diego 1958: 51).
Pero la correspondencia de la localización de muchos de estos relatos legendarios con antiguas poblaciones realmente ocultas bajo tierra tras su abandono y con verdaderos tesoros en su interior, parece indicar –según también comentaba el mismo autor- que no todo lo que se nos cuenta en las leyendas debe ser tomado exactamente como mentira. No tanto porque –como él apunta- apenas se pueda dudar de que algunas leyendas son «una deformación de un hecho real» (García de Diego 1958: 27); sino más bien porque hablan, a su manera, de ciertas realidades históricas que sólo seremos capaces de descubrir si aprendemos a leer en los «renglones torcidos» de su poética.

No miente la leyenda ni todo es ficción en ella, cuando nos dice que hay un gigante oculto bajo el monte, el ojáncano de la peña, quien –como los dioses Teleno o Marte, Candamio o Júpiter- reina en los picos de Cantabria, Asturias y León sobre los rayos y las tormentas..

miércoles, 23 de febrero de 2011

No temas

Desde el principio de su existencia la vida de María es plenitud de gracia y objeto de la bondad divina. Cuando el ángel se dirige a Ella, lo hace con palabra de Dios Como en esta obra del fraile dominico Fra Angélico, sobrenombre recibido por la intensa devoción y el estilo místico que desborda toda su pintura. En esta Anunciación –con figuras expresamente radiantes de luz y color y sensible belleza- que ocupa el marco del templete central de la tabla acompañado de escenas de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso sobre un friso con escenas de la vida de María, parece oírse la voz suave y delicada del arcángel san Gabriel: «No temas María, el Señor está contigo». Al escuchar estas palabras, María, la joven sencilla y humilde de la pequeña aldea de Nazaret, recogida entre sus brazos, siente la proximidad de Dios. En lo más profundo e íntimo de su corazón vive una mezcla de gozo, gratitud y de santo y piadoso temor porque por la gracia divina se ha convertido en portadora de la promesa salvífica del hombre.

Al igual que ocurre con María –la llena de gracia, la reina de los profetas, la Madre, la esposa, la amiga, la consoladora, la reina de la familia y de la paz…-, el cristiano no puede gozar de una plena vida espiritual si no logra una buena armonía entre su gozo y su temor de Dios. ¿Acaso María no se vio necesitada de apoyo para entender la voluntad divina? ¿No le surgieron vacilaciones antes de comprender porque encontró gracia ante los ojos de Dios? Desde el instante de Su sí, el corazón de María no duda. Actúa como sierva, madre y mujer fiel, humilde y agradecida. Su fe es firme e inquebrantable. Queda de este modo consumada la oración de la disponibilidad sin límites, del amor sin límites, de la generosidad sin límites. El sí inquebrantable y valeroso de la fe.

Este cuadro nos invita a meditar precisamente sobre ello. Los cristianos no debemos temer dar un sí contundente al Señor. No negar jamás nuestra vocación de hermanos de Jesús, el hijo de María. Nuestro corazón debe entregarse sin reservas a la voluntad de Dios. Y comportarse con el mismo ejemplo, humilde y fiel, con el que actuó nuestra Madre. Así, nuestra fe será tan inquebrantable como la suya.


















ORACIÓN:


Dios todopoderoso, que, según lo anunciaste por el ángel, has querido que tu Hijo se encarnara en el seno de María, la Virgen, escucha nuestras súplicas y haz que sintamos la protección de María los que la proclamamos verdadera Madre de Dios.

sábado, 19 de febrero de 2011

Un monumento recuerda al Pulpo-Oráculo Paul


El pulpo Paul se convirtió en el cefalópodo más famoso del mundo cuando acertó la victoria de España sobre Holanda en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica de 2010. En homenaje a su celebridad, los empleados del acuario Sea Life de Oberhausen (Alemania) han sufragado una escultura en su memoria de más de dos metros de altura. En ella, un enorme pulpo abraza una pelota con las banderas de varios países.











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El acuario alemán ha erigido una escultura en recuerdo del cefalópodo. ATLAS











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jueves, 17 de febrero de 2011

La última cima















Documental Reportaje de la película "La última cima" que narra la vida de un sacerdote madrileño























Pablo Dominguez, sacerdote, sabia que iba a morir joven y deseaba hacerlo en la montaña. Entrego su vida a Dios…y Dios acepto la oferta. Ahora dicen que esta vivo. Pablo era conocido y querido por un numero incalculable de personas, que han dejado constancia de ello después de su muerte.

lunes, 14 de febrero de 2011

Visita Virtual al Monasterio de San Millán de Suso











Si pinchas las imagen Ya puedes "pasear" por el Monasterio erigido en el lugar de retiro de San Millán y valorar sus elementos arquitectónicos más importantes mediante infografías interactivas.

sábado, 12 de febrero de 2011

Misa de Acción de gracias del instituto Iesu Communio

FRANCISCO GIL HELLÍN (Arzobispo de Burgos)

El próximo sábado, 12 de febrero, tendrá lugar en nuestra Catedral, a las cinco de la tarde, una Misa de Acción de gracias del nuevo instituto religioso Iesu Communio. El arzobispo de Burgos Francisco Gil Hellín tendrá el gusto de concelebrarla junto con el señor Nuncio de su Santidad en España, con algún otro obispo y no pocos sacerdotes. Se trata de dar gracias a Dios por el reconocimiento oficial de un nuevo carisma que el Espíritu Santo ha suscitado para el bien de la Iglesia. Es más que obligado dar gracias a Dios, por el reconocimiento oficial de la Iglesia. Por otra parte, nuestra diócesis, que ha tenido el privilegio de ser el ámbito en el que esto ha tenido lugar y en el que ha nacido, es lógico que quiera unirse a la acción de gracias al Señor.

El nuevo Instituto es de carácter contemplativo, no activo, y femenino. Es decir, sus miembros son religiosas y se dedican,, primordialmente, a la oración y a la penitencia, y viven en comunidad. Son también de clausura, si bien ésta no es papal sino según las Constituciones del nuevo Instituto. Por este motivo, no viven entre rejas y hacen apostolado en sus propios conventos.

Hasta ahora la gente las conocía como 'las Clarisas de Lerma', debido a que tanto la madre Verónica, que es la fundadora, y la mayoría de las demás hermanas proceden del monasterio de Lerma. De ahora en adelante deberemos llamarlas por su nombre y tener presente que no son monjas clarisas sino religiosas de Iesu Communio.

El nuevo Instituto es un fenómeno que llama la atención. No es frecuente ni normal que, en un momento de escasez vocacional religiosa en Españá y en Europa, florezcan comunidades llenas de religiosas y que éstas sean en su mayoría jóvenes y universitarias. De hecho, en este momento se aproximan a dos centenares y hay un número importante de chicas que desean ingresar.

El nuevo Instituto no es una refundación o una adaptación del carisma de las monjas Clarisas. Este carisma clariano no necesita ningún aggiornamento para seguir dando abundantísimos frutos de santidad en la Iglesia. Iesu Communio es otra cosa, una realidad nueva. A la hora de comprenderlo, lo más oportuno es inscribirlo en la acción permanente que el Espíritu Santo realiza en la Iglesia. Él, sin negar lo que anteriormente se ha mostrado fecundo y rico en santidad, suscita nuevos modos con los que responder a las nuevas necesidades y sensibilidades del mundo y de la Iglesia. Por eso, Iesu Communio es una célula nueva que nace en el tejido del cuerpo eclesial, uniéndose a las demás células y formando con ellas un solo cuerpo, aunque cumpliendo su misión propia y específica.

El nuevo Instituto es una planta que acaba de nacer. Es verdad que el modo ded vida que ahora ha aprobado la Santa Sede lo venían viviendo desde hace bastantes años. Pero esto no obsta para ver en él una planta que es todavía muy tierna y necesita del cariño y de la oración de todos los que nos sentimos hijos de la Iglesia. Si ésta es un Cuerpo, en el que la vitalidad de cada miembro repercute en los demás y se beneficia de ellos, nada más lógico ni coherente que estas religiosas pidan y se sacrifiquen por nosotros y nosotros les paguemos con la misma moneda. En última instancia, lo que importa es que Dios sea cada vez más conocido y amado y que los miembros de la Iglesia seamos cada vez mejores y más apostólicos.

Volviendo al punto de partida, quizás alguno de los que lean estas líneas se pregunte si puede participar en la misa de acción de gracias del próximo 12 en la Catedral. Efectivamente, pueden asociarse cuantos fieles deseen participar y cuantos sacerdotes quieran concelebrar. Como Pastor de la diócesis invito a todos los diocesanos y les pido una oración por las religiosas de Iesu Communio.










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Cantada por Iesu Communio - La Aguilera (Burgos).

La Iglesia es mi Madre porque me ha dado la Vida,
es mi Madre porque hoy mismo me está dando a Cristo.

La Iglesia es mi Madre porque todo lo recibo de Ella,
es mi Madre porque es la que nos hace cristianos.

No cesa de sostenerme y, a poco que yo me deje hacer, me hace revivir.

Yo soy en la Iglesia, me abraza la Iglesia,
me anima la Iglesia, nunca estoy solo en la Iglesia.

Lo que doy a la Iglesia no es más que una ínfima restitución
sacada por entero del tesoro que Ella me ha entregado: Cristo.

Su Vida inmensa me envuelve y me desborda,
me ha precedido y me sobrevivirá.

No cesa de sostenerme y, a poco que yo me deje hacer, me hace revivir.

Me ofrezco en la Iglesia, me engendra la Iglesia,
me nutre la Iglesia, puedo ser yo en la Iglesia.

Y, si todavía en mí es frágil y temblorosa la vida,
en los creyentes la puedo contemplar
con toda la fuerza y la pureza de su pujanza.

Yo soy en la Iglesia, me abraza la Iglesia,
me anima la Iglesia, nunca estoy solo en la Iglesia

Yo crezco en la Iglesia, me engendra la Iglesia,
me nutre la Iglesia, puedo ser yo en la Iglesia.

viernes, 11 de febrero de 2011

Jornada Mundial del Enfermo 2011













Si pinchas la imagen puedes entrar en la página web de la "Diocesis de San Cristóbal" y leer el Mensaje del Papa Benedicto XVI para la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo 2011.












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Santa Bernardette nació el 7 de enero, de 1844 en el pequeño pueblo de Lourdes, en las hermosas montañas de los Pirineos franceses. En su bautismo le pusieron el nombre de Marie-Bernard, pero desde pequeña la llamaban por el diminutivo "Bernardette".





























Breves y bonitas Oraciones para pedir la salud de los enfermos. Festividad de nuestra Señora de Lourdes: 11 febrero.

jueves, 10 de febrero de 2011

Cuando el dolor cruce mi camino

Han devuelto a las piadosas manos de María el cuerpo sin vida de su Hijo, envuelto en una sábana limpia. Las llagas de Jesús arden en el corazón de la Madre. La Piedad, abrazada a su Hijo, se conmueve, en silencio, sola en su dolor y sus recuerdos. Su expresión dolorosa es el reflejo del sufrimiento de los hombres. María llora, su corazón está turbado. Tiene en sus brazos el vínculo del amor que surgió del sí incondicional de Nazaret, aquel día claro y luminoso en que se le apareció el Ángel. A María le vienen los recuerdos vividos con el Amor hecho hombre: la sencilla gruta de Belén, la presentación en el Templo, el trabajo en la carpintería de José, su esposo, las bodas de Caná, el camino hacia el Calvario. Todas esas escenas están grabadas en su corazón de Madre. El gesto de dolor de María conmueve. Pero una gran fuerza interior la transforma. No quiere que tengamos compasión de Ella porque María sabe que es Dios quién ha de tener compasión de los hombres. Él ha venido para sufrir, para vencer el dolor y la muerte. María sabe que Jesús no está solo. Que más allá de la muerte nace la vida. A pesar de la oscuridad que provoca el desconsuelo, la tristeza y la desesperanza surge la luz de la esperanza. Ahí están al pie de la cruz, María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena, Juan, el discípulo amado y José de Arimatea. Es el germen de la nueva Iglesia, es el renacer de una nueva fe entre los hombres. Dios, vivo y cercano, no ha muerto, esta siempre presente en nuestras vidas. Porque la muerte no es el final, es el paso que nos lleva a la vida verdadera. Sin el don de su vida en nuestra muerte no cabría esperanza. Cuando el dolor cruce mi camino, Señor, me darás consuelo; cuando me llegue el desánimo, Tú serás mi esperanza; cuando el fracaso arribe a mi vida, Tú me enseñarás a usarlo con ventaja; cuando la soledad me invada, Tú me darás la serenidad que necesito. Dame la gracia para hacer Tú voluntad y no mis propósitos y a no perder el tiempo en cosas sin sentido. Ayúdame a actuar por encima de miedos y prejuicios sabiendo actuar de acuerdo a los talentos recibidos. Como la Madre, que en los últimos momentos te consuela, haz que yo también aprenda a entregar mi vida a Ti y a los hermanos que más me necesitan.


















ORACIÓN:

Oh Jesús, dame fuerza para soportar los sufrimientos y para que mi boca no se tuerza cuando bebo el cáliz de la amargura.

martes, 8 de febrero de 2011

El lago de Sanabria o Jesucristo en traje de pobre (Zamora)

Se cuenta que en donde hoy está el Lago de Sanabria hubo un pueblo a la altura del lugar que se llamaba –y todavía llaman- Villa verde o Villa verde de la Lucerna. Y del que aún se dice:

Villa verde, Villa verde,
el que va no vuelve.

Un día llegó un pobre andrajoso, que se apoyaba penosamente en un bastón, pidiendo limosna, pero la gente de aquel pueblo era muy dura de corazón y apresuraban el paso al verlo o cerraban las puertas según se acercaba. El pobre se dirigió a la única casa en la que todavía no había llamado, una que se encontraba algo apartada y en un alto del terreno. Era una panadería, y el panadero sí que abrió, le hizo sentarse junto al fuego y metió la última masa de pan que le quedaba al fuego. Cuando el panadero fue a sacar el bollo, la masa había aumentado tanto de tamaño que casi no cabía por la boca del horno. Y el pobre dijo:

-Guardé ese pan porque de él tendrán que comer usted y su familia hasta que alguna barca pueda venir a rescatarles.
El panadero y su mujer se miraron sin entender nada, porque sólo pasaba un riachuelo por allí que apenas llevaba agua ni aun en los inviernos más lluviosos. Al atardecer, el mendigo abandonó el pueblo, se sacudió de polvo los pies, cogió el cayado y gritó:

-Donde clavo este bastón
que salga un borbollón.

Y salió tanta agua del hoyo que pronto inundó todas las tierras circundantes como si fuera el mar. Pero, cuando las olas alcanzaban ya el cerro en que estaba el horno del panadero, las olas se detuvieron, convirtiéndose aquel promontorio en una pequeña isla. Fue lo único que no quedó sumergido bajo las aguas, porque hasta la torre de la iglesia resultó anegada, pero dicen que la noche de San Juan sus campanas voltean y pueden oírlas solamente los que no están en pecado mortal. Y es que otros explican que aquel mendigo era Jesucristo, que quiso probar la caridad de los habitantes del pueblo, y –al no ser bien recibido- decidió que todos menos la familia del panadero desaparecieran de la tierra.
Que es lo mismo que ocurrirá cuando llegue el fin del mundo.
Otros también cuentan que –algunas noches oscuras- se ven luces que parecen andar sobre las aguas y que son las almas de los desaparecidos que intentan salir de la profundidad del lago. Y de ahí que se le de el nombre de Villaverde de la Lucerna.
Entonces, cuando eso ocurre, hay que rezar un padrenuestro y hacer la señal de la cruz para que la luz deje de verse y las almas puedan encontrar su paz.

Hay una muy conocida canción narrativa, que suele ser catalogada como romance –aunque a veces no lo sea formalmente- con el título de «Jesucristo en traje de pobre», de la cual he podido oír versiones desde niño en las tierras de Castilla y León y que, como ya indica la denominación que se le da, trata un tema muy parecido a esta leyenda. Un tema que pretende potenciar la ejemplaridad moral de la limosna. El mensaje de tal composición y de los relatos sobre pueblos que desaparecieron por no haber tenido caridad de Cristo o de la Virgen –cuando iban mendigando para probar a los hombres- es el mismo, también, que el de otro difundidísimo canto que comienza:

Madre, a tu puerta hay un niño/ más hermoso que el sol bello y dice que tiene frío/ porque el pobre viene en cueros.

-Anda, dile que entre/ se calentará
porque en esta tierra/ ya no hay caridad,
bien poca que había/ se ha acabado ya.
(Díaz Viana 1983: 214).

Como señala García de Diego, «el tema más obvio de los supuestos pueblos, castillos o comunidades humanas sumergidos es el de castigo divino de un crimen o un pecado», de manera que los orígenes legendarios de lagos –como el de Sanabria- que se hallarían sobre poblaciones que no quisieron albergar a Jesús o a su madre (y a ambos al tiempo) resultan bastante comunes en España y fuera de ella. El propio García de Diego se refiere a algunos casos franceses –en este sentido- y a las leyendas españolas de dos lagos concretos: una, es la del de Enol, en Asturias, a la que también me refiero en esta Antología; y otra es la que gira en torno al lago de Maside, en Galicia, donde habría un pueblo sumergido.

«Los habitantes, duros de corazón, rechazaron a una que creyeron mendiga que, con un niño en brazos, pedía hospitalidad. La mendiga, despreciada de todos, era la Santísima Virgen, que con el Niño Jesús en brazos andaba fatigada por sus caminos. Dios, en castigo de tal dureza, dislocó las montañas, y el pueblo con sus habitantes quedó siempre bajo las aguas» (García de Diego 1958: 19).

A propósito de la leyenda del lago de Sanabria se han recogido y recreado un buen número de versiones. Para la mía, he seguido –sobre todo- mi propia memoria, pues en mi infancia tuvo oportunidad de pasar algunas temporadas en Sanabria y escuché la historia contada de diversas formas. Muchas de las que se han reescrito e incluso vuelto a oralizar recientemente creo que tienen su punto de partida en el «origen popular» del lago, tal como lo cuenta –por extenso- el padre Morán, ensartando en un mismo relato las distintas narraciones que tenían que ver con él.

Aquí, como ocurre en muchas ocasiones, no parece la versión más larga –ni tiene necesariamente por qué serlo- la más antigua o fiel, sino más bien una refundición (probablemente debida al propio Morán) a la que se han adherido sobre un núcleo originario fragmentos de diferente procedencia: por ejemplo, los bueyes –o el toro y el buey-, de nombre Bragao y Redondo, con los que se intenta sacar las campanas de la iglesia del lago; o las luces fantasmales que se ven flotar sobre las aguas y que habrían dado pie al topónimo de «Lucerna» que se añade al de Valverde para denominar el lugar (Morán Bardón 1986: 54-57).

Pero también se cuenta –según otras tradiciones- que la mítica Lucerna o Luiserna es el nombre que se daba a la misma ciudad sumergida y que ésta se hallaba situada en el lago Carucedo, de la comarca leonesa del Bierzo, habiendo servido de refugio al caballero bretón Anseis que acompañó a Carlomagno en sus correrías (Rúa Aller y Rubio Gago 1986: 62-63).

Lo que sí está claro es que estas historias piadosas nacen y se difunden para que los fieles de la Iglesia se lo piensen mucho antes de rehusarse a dar una limosna. Y para que el castigo local a los tacaños sea tomado como ejemplo y precedente de las penas que el Dios de los cristianos aplicará a los impíos el día del Juicio Final. Hasta entonces, el pueblo castigado por su poca compasión permanecerá sumergido bajo las aguas del Lago de Sanabria y esa campana que habla con la otra en algunas versiones de la leyenda, no podrá salir a la superficie:

Tú te vas, Verdosa,
yo me quedo, Bamba;
hasta el fin del mundo
no seré sacada.








domingo, 6 de febrero de 2011

Ser sal de la tierra y luz del mundo

Estamos en el domingo V del tiempo ordinario. Después de escuchar las bienaventuranzas, en el domingo anterior, hoy se nos dice que la misión de los cristianos en el mundo es ser sal de la tierra y luz del mundo.

"Vosotros sois la sal de la tierra"

Es bonita vocación. La sal es la gracia de la vida. Da gusto a los alimentos y preserva de la corrupción. Dadas las cosas como están, creo que el mundo necesita montañas de sal. Hablamos siempre de la corrupción imperante y de la falta de limpieza. Nos quejamos, porque en todos los campos y ambientes encontramos algún olor a podrido.

Los discípulos de Jesús están llamados a ser sal. Y somos muchos. ¿Qué hacemos, pues, con nuestra sal? Pueden suceder dos cosas:

o que las guardemos en nuestros hermosos saleros

o que nuestra sal se haya desvirtuado.

La respuesta más fácil es que la sal se queda para nosotros, para nuestras reuniones y celebraciones, para nuestras catequesis y nuestros libros. La guardamos en los saleros de nuestras iglesias y sacristías, en nuestras casas y recintos privados. ¿No tendremos que revisar nuestros compromisos cristianos, compromisos que han de llegar a la familia, la cultura, la política, la sociedad? Nos quejamos de lo mal que van las cosas en la sociedad, pero nos limitamos a eso, a lamentarnos y, si acaso, a rezar. Los cristianos no son del mundo, pero han de estar en el mundo, quiere decir en sus instituciones, en sus asociaciones, en sus movimientos, en sus partidos, en sus centros... en todas las plataformas en que se juegue la vida de las personas.

Así lo decía Juan Pablo II a los obispos españoles en una visita ad limina: "En el ámbito social se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública". No hay que entender una condena del Gobierno actual, sino una constatación de la sociedad española. Por otro lado, desgraciadamente, no es una novedad.

Naturalmente que una entrega en esta sociedad exige valentía, sacrificio, preparación. Sabemos que para que la sal surta efecto, tiene que irradiar su energía hasta deshacerse, hasta dejar de ser. Tiene que morir para que lo otro viva. No es nada fácil.

Si la respuesta es que la sal se ha vuelto sosa, entonces el problema es más hondo, es cuestión de ser no de actuar. Si la sal se ha corrompido, se necesita un milagro, volver a nacer.

"Vosotros sois la luz del mundo"

La luz es otro símbolo universal, lleno de expresividad y belleza. Nos expresa una realidad que dignifica y compromete. ¡Eres luz! Pues que lo seas. Combate las tinieblas y la oscuridad del mundo. Superar a las tinieblas no se hace con gritos y lamentaciones, sino encendiendo lámparas.

La luz no es para guardarla, sino para ponerla en lo alto y que ilumine. Si cada cristiano fuese una lámpara encendida en un lugar visible - 1.400 millones de lámparas encendidas -, ¿verdad que el mundo sería más bello?

La luz del cristiano está en su fe: puede ofrecer verdades, seguridades, valores. En su esperanza: puede mostrar ideales, razones para vivir y luchar, sentido a la vida y a las cosas. En su caridad: más que una luz, es una hoguera; enseña el misterio de la vida y su verdad, el camino de la felicidad, la fuerza en la que se apoya la convivencia y que mueve y hace crecer el mundo.

Ama y brillarás, como dice la primera lectura: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora... Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía". Y dice el texto del evangelio: "Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".

La luz del cristiano está en el Evangelio, en las Bienaventuranzas. La luz del cristiano está en Cristo. Por eso la luz del cristiano no es propia, sino que la recibe del sol, Cristo. Cuanto más unido a Cristo, más fuego y más luz.

Nuestra luz puede ser individual o de grupo, de institución, de comunidades, de iglesias. Hay, en verdad, luces muy hermosas, ejemplos muy brillantes. No terminaríamos de decir. Pero las tinieblas siguen siendo temibles y poderosas. Todos necesitamos cargar bien nuestras pilas. Puede que las tinieblas nos rechacen y quieran apagar nuestra luz. Muchas veces lo intentan, como hicieron con Cristo. Pero nuestra misión es clara. Lo que tenemos que hacer es revestirnos de las armas de la luz.

Que el Señor sazone nuestra sal e ilumine nuestra luz para que su misión continúe en nuestro mundo.










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Los cristianos estamos llamados a iluminar el mundo con la luz del amor y la misericordia y a dar sentido a la vida con la sal de la esperanza y la fe.











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5º DOMINGO ORDINARIO. Pbro. Lic. José Luis Aguilera Cruz aguileracruz@yahoo.com.mx

"Vosotros sois sal de la tierra."

EN CONTEXTO.

El texto evangélico que leemos en este domingo (Mt 5, 13-16) es el pasaje que sigue inmediatamente después de las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), por lo que entendemos que viene en el mismo contexto de la invitación a los seguidores de Jesús a ser diferentes, a actuar en la vida sin dejarse llevar por las ideas que propone en mundo. Jesús trae otras propuestas a sus seguidores, el pasaje de este domingo es una invitación a ser líderes en el ambiente donde viven, por eso el ejemplo de ser sal y luz, por lo tanto hoy Jesús está dando a los suyos una misión. Si leemos los últimos versículos de las bienaventuranzas, nos daremos cuenta que este evangelio se sitúa en tiempos de persecución, hubieron dos muy fuertes en esos tiempos: la de Nerón del 64-68 d.C. y la de Domiciano del 81-96 d.C. aquí se invita a ser líderes aún en esos tiempos.

SER SAL PAR EL MUNDO.

Arriba yo decía que es una invitación de Jesús, pero más que una invitación es una especie de aclaración de términos. Jesús define a su seguidor como la sal, no dice los invito a ser sal sino "Vosotross sois sal de la tierra" v. 13, como cuando le dice a Simón "Tú eres Pedro..." por lo tanto para un seguidor de Jesús, ser sal, ser un líder es parte de su naturaleza. por lo tanto ¡¡¡Escúchenme todos!!! "VOSOTROS SOIS SAL DE LA TIERRA; SI LA SAL SE VUELVE INSÍPIDA, ¿CON QUÉ SE LE DEVOLVERÁ EL SABOR? YA NO SIRVE PARA NADA Y SE TIRA A LA CALLE PARA QUE LA PISE LA GENTE" v. 13. Esta sentencia de Jesús debe estar grabada en oro en nuestro corazón para que no la olvidemos. Yo te pregunto ¿de verdad eres en tu familia o en tu ambiente de trabajo el que le da el sabor de Jesús? ¿O no sirves para nada?

SER LA LUZ DEL MUNDO.

El ejemplo de la luz tiene dos causes, el primero es sobre la ciudad construida en lo alto de un monte y el segundo de la brillantez de la luz en sí. Pero ambos tienen el mismo resultado que no se debe esconder. Una ciudad que está en lo alto no puede pasar desapercibida, aquí se refiere a la ciudad de Jerusalén que está construida en el monte Síon, y que se veía el templo desde todos los puntos cardinales, algo así como el Cristo Glorioso de Chiapas que está en lo alto del cerro del Matumactzá, y no se puede esconder, sino que la podemos ver desde distintos puntos de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, y que se está construyendo para que precisamente se vea desde muchos lugares. Así debe ser el seguidor de Jesús, debe ser visto y ser notado, no por puro y vano protagonismo sino para ser ejemplo de vida para los demás.

"SI SE VUELVE INSÍPIDA".

Tenemos una misión, dar a conocer cómo es una persona que cree y sigue a Jesús, pero si no somos ejemplo, si al contrario somos escándalo para los demás, es lo más triste que nos puede suceder, Jesús dice "Ya no sirve para nada" v. 13; de aquí la urgencia de ser hombres y mujeres íntegros católicos de una pieza, ejemplo de vida familiar, de vida social, ejemplo de político, de profesionista, de sacerdote; porque estamos a la vista de todos y si no es así el que sale perdiendo es Jesús, pues muchos ya no creerán en él por culpa nuestra. Es bueno tomar decisiones profundas en este día delante del Señor.










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Reflexión de Juan Segura (Pbro.) sobre el evangelio de la sal y la luz, para elcantarodesicar.com en el domingo 6 de febrero de 2011.

sábado, 5 de febrero de 2011

En ruta, por el Camino hacia Santiago

En ruta, por el Camino hacia Santiago








Aunque nuestro objetivo en estas páginas es hablar de Castilla y León, cabe comenzar diciendo que el Camino de Santiago entra en la Península abrazado al mito. La tumba de Roldán y el descenso a la tierra que el Emperador había recuperado para la Cristiandad, según el relato legendario de eruditos y juglares se evoca en los montes que dominan Roncesvalles, pequeña localidad beneficiada con templos y hospitales por su carácter de puerta de las Españas, que parece preludiar la llegada a Pamplona, capital de Navarra, una de las regiones históricas más marcadas por el camino. Así lo confirman sus populosos barrios de francos, su catedral (modificada por el gótico), o sus numerosas iglesias y edificios asistenciales para el peregrino en las que no podemos detenernos aunque sí recomendamos al viajero que lo haga.







Cruz de los Peregrinos, en el alto de Roncesvalles




Mientras, el otro brazo del Camino que penetra por los Pirineos en la vertiente aragonesa, lo hace por Somport (el Summus portus) descendiendo hasta alcanzar Jaca, primera meta hispana del peregrino en este itinerario, cuna del románico europeo en la Península y ciudad hospitalaria y jacobea cabal. Ya en Navarra, el peregrino se encuentra a su paso con las huellas del reino de Sancho el Mayor y su vocación romera, monasterios como Leyre, poblaciones como Sangüesa y templos románicos tan originales como el octogonal de Eunate hacen de este trayecto uno de los más amenos de la ruta.






Capitel de la iglesia de Santiago, en Jaca

Iglesia románica y octogonal de Eunate, uno de los atractivos de este tramo de la ruta jacobea





Desde Puente la Reina, con su admirable puente de peregrinos sobre el Arga, la calzada francígena es sólo una y pronto arriba a Estella, o Lizarra, otro enclave de significación en la leyenda carolingia (es famoso el capitel de Roldán y Ferragur de su Palacio Real) y final de la tercera etapa calixtina. Tras pasar el monasterio de Irache, los peregrinos divisan el bastión de Viana y dejan tierras navarras para cruzar el Ebro y entrar en Logroño, orgullosa capital que debe al Camino y a este paso sobre el río que fijara Juan de Ortega, su importancia y su traza lineal y topografía romera. A la salida, el paraje de la batalla de Clavijo (del 844) nos pone, de nuevo, en situación de rememorar el origen del culto a Santiago en tiempos en que la ruta europea aún no se había consolidado.







Estampa del río Ebro a su paso por Logroño





Pasado Navarrete, arribamos al término de la cuarta etapa de Picaud, la que se cierra en Nájera, en los contornos de la cuna del castellano, de los monasterios antiquísimos de Suso y Yuso, las tierras de san Millán, protector de las huestes castellanas y espejo del san Isidoro leonés. El monasterio de Santa María la Real también se debe a los cluniacenses y su fama era tan buena que ya Künig a finales del XV afirmaba que aquí «tienes todo lo que quieras». Poco más lejos, Santo Domingo de la Calzada, ciudad principal de lo jacobeo, «Compostela riojana» se la ha llamado, por la actividad caminera del santo Domingo (1019-1109) que habilitó el puente sobre el Oja, desbrozó las calzadas y alzó templos y hospitales, razón por la cual el peregrino debe honrar su memoria. También es escenario del famoso milagro santiaguista de la gallina que cantó después de asada para demostrar la inocencia de uno de nuestros caminantes.






Santo Domingo de la Calzada, ciudad principal de lo jacobeo y considerada como la "Compostela riojana"

Torre de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada, una obra barroca de setenta metros de altura






Pero, tras este preludio, entramos ya en nuestra región. El camino francés hacia Compostela recorre, en la actual demarcación de Castilla y León, cerca de la mitad de su trazado peninsular. Geográfica, pero también histórica y culturalmente, en lo extenso y en lo intenso, este trayecto se torna itinerario central, nuclear, para el peregrino, de manera que a través de las tierras de la cuenca del Duero y del Sil asiste a la escenificación de un espacio definitivamente marcado por el fenómeno jacobeo.

Así es en cuanto a la propia definición histórica del mismo. Pues el Camino es invención principal de clérigos y reyes astur-leoneses y castellanos, y su traza por la Meseta conformará durante la primera parte de la Edad Media, el ámbito preponderante de los reinos peninsulares, su cabeza demográfica, económica, política y social; la que permitió, una vez asentada esta retaguardia, el enorme giro estratégico que supuso la «Reconquista», una travesía de Norte a Sur donde antes fuera de oriente a poniente.

Las huellas de este fenómeno se revelan en la articulación urbana, compuesta a partir de los esqueletos reencarnados de vieja ciudades romanas, de poblados henchidos a la sombra de un castillo o un monasterio, en un emplazamiento más estratégico que otros, embocando un puente, en una encrucijada. Y, acaso, son poblaciones firmemente modeladas por el camino, de forma que se alinean a lo largo de las márgenes de éste, drenaje de la savia que les da vigor, en todos los casos. Pero esa importancia también incide en su caracterización monumental. Entendiendo como monumento la elaboración secular de una singularidad topográfica y cultural, la ruta santiaguesa explica y se explica a través de los hitos que, acaso aquí más que en ninguna parte, siembran las lindes de la ruta principal o pugnan por lograr un ramal alternativo con el que perpetuar un nuevo referente. Todo ello porque, para la Castilla y León de los siglos XI a XIII, que viene a coincidir básicamente con la situada al norte del Duero precisamente en la época de florecimiento de las peregrinaciones, el Camino constituye la espina dorsal de su vertebración, el cordón umbilical que gana Europa para la causa contra el Islam, para la causa de la repoblación, para una causa que definitivamente decantará su vividura histórica.

Y finalmente su vocación de acogida al peregrino, pues éste llegaron por añadidura, los demás frutos: comerciantes, guerreros, artesanos, clérigos, ritos y artes, músicas y palabras… Para ellos se rejuvenecen gastadas vías romanas, a las que se aprovisiona de hospitales, de puentes, de caminos (los mejores del país), de leyes y protecciones, de santos cuyo contacto y presencia no sólo justifican el detenimiento del caminante sino que recarga sus energías para nuevas empresas. Si el auténtico objetivo del viaje está en sí mismo, Castilla y León aportan no poca dosis de esta experiencia, de este fin.

La relativa homogeneidad que se prejuzga para los tópicos horizontes castellanos tiene, en el ritmo contemplativo del viandante otro correlato: al oriente y sobre todo a poniente de las zonas mesetarias amplios márgenes son ocasión para el verdor o la montuosidad. Pero instalados en las llanuras del cereal, diversos cursos fluviales y, sobre todo, las poblaciones y ciudades, vienen a redefinir ese lugar común. Ya la primera Guía del peregrino (la calixtina de Picaud) divide sumaria pero significativamente este trayecto: «…pasados los Montes de Oca, hacia Burgos, sigue la tierra de los españoles, con Castilla y Campos. Esta tierra está llena de tesoros, de oro y plata, produce tejidos y vigorosos caballos, abundan el pan y el vino, la carne y el pescado, la leche y la miel. Sin embargo carece de arbolado y está llena de hombres malos y viciosos. Pasada la tierra de León y los puertos de los montes Irago y Cebrero, se encuentra la tierra de los gallegos.». Tenemos, por tanto, Castilla, Campos y León, además del acotamiento entre Irago y Cebrero: El Bierzo. Prácticamente Burgos, Palencia y León, con su singular comarca occidental, las tres provincias actuales de este tramo del Camino.

Nuestra andadura en la región comienza sin distinciones orográficas ni de otro tipo, en la riojilla burgalesa aún deudora del Ebro, donde Redecilla del Camino ofrece la memoria de dos hospitales y un principio simbólico de excepción, pues los relieves de su pila bautismal románica (s. XII) representan la ciudad de Dios, ciudad a la que accede el iniciado por las aguas de tal ceremonia. Seguimos los 120 Km. del Camino en Burgos por Castildelgado, a poca distancia del lugar natal de Domingo de la Calzada (Viloria), el santo caminero más notorio cuya villa dejamos atrás, en La Rioja, Belorado, Belfuratus, tiene recuerdos notables de templos y hospederías (Nuestra Señora de Belén y San Lázaro) y cuando superamos el embarrancado río Tirón, nos encamina ya hacia territorio encrespado y asociado a los mitos genéticos del condado castellano: el fundador de Burgos, Diego Porcelos, tiene su sepultura en San Félix de Oca, un pequeño santuario de raigambre prerrománica, pasados Tosantos, Villambistia y Espinosa. Los Montes de Oca fueron el mojón oriental de Castilla respecto a Navarra, y a sus pies la Villafranca o «villa de los francos», que antes fuera sede del episcopado fundado por san Indalecio, discípulo de Santiago, luego trasladado a Burgos por Alfonso VI. Su hospital de Santiago, patrocinio de la reina Juana mujer de Enrique II, en 1380, tuvo merecida fama en los relatos de los viajeros (Hermann Künig, a finales del XV, o Domenico Laffi, dos centurias después). La inmediata ascensión a las frondosas cuestas del paso de Oca, Auca romana, y el alto de La Pedraja, fue ocasión de frecuentes extravíos (Laffi) o de saqueos a los peregrinos de otro tiempo, incluyendo la muerte y posterior resurrección de un muchacho francés que relata Picaud en el Codex. Aún hoy impresionan su retiro y espesura.






Pila baustismal de Redecilla del Camino (s. XII), cuyos relieves representan la ciudad de Dios

Iglesia de Santa María (s. XVI), en Belorado. Burgos






Entramos en la cuenca del Duero, en solar netamente castellano. Desde Valdefuentes podemos escoger ruta, por Zalduendo, Ibeas de Juarros, Arlanzón y San Medel o por San Juan de Ortega. Esta última opción nos llevará a conocer el santuario del discípulo de Domingo de la Calzada, reparador de estradas y benefactor del caminante a su descenso de los terribles montes, uno de los hitos de la vía compostelana. El monasterio, recuperada su función hospedera, ofrece una hermosa cabecera de iglesia en estilo tardorrománico, y un espléndido sepulcro historiado destinado al cuerpo del santo que, sin embargo, se guarda en otro sin decorar, en la cripta. Un capitel con el tema de la Anunciación que es tocado por los rayos del sol en los equinoccios (el de primavera sucede nueve meses antes de Navidad) nos recuerda que Juan de Ortega fue hijo tardío y se le considera patrono contra la esterilidad, motivo por el que Isabel la Católica acudió a él con éxito y protegió el monasterio. A la reina se deben distintas reformas del lugar, regido por monjes Jerónimos hasta la desamortización del siglo XIX. Desde aquí otras bifurcaciones nos esperan. Todas ellas, bien el paso por Olmos de Atapuerca o el más directo, por Ages, Atapuerca (nombrada en nuestros días por hallazgos fósiles humanos), Cardeñuela, Orbaneja, Villafría y Gamonal, nos conducen a una de las capitales del Camino, Burgos.






Capitel de la Anunciación en San Juan de Ortega, que es tocado por los rayos de sol tan sólo en los equinoccios




Caput castellae, la cabeza de Castilla, fin de etapa y nudo estratégico de las vías hacia los puertos del Norte y, por ello, confluencia de la ruta canónica y de la que gana Franca por País Vasco, es la capital del reino que a la postre dominará el panorama político peninsular desde su desgajamiento de la corona leonesa. Burgo nacido al amparo de su castillo, lo sobrepasará cuando el monarca Alfonso VI decida emplazar aquí el episcopado, cediendo su palacio para solar catedralicio. Varios barrios conectados por el camino se irán entonces conformando como ciudad básicamente en los siglos XII y XIII, cuando las obras del templo gótico sancionen definitivamente su hegemonía urbana en esta zona cristiana. Los siglos siguientes vieron transformarse su preeminencia, orientada hacia el comercio de telas y el intercambio ferial, aunque su más de treinta hospitales y su vocación jacobea trencen una característica de su rica topografía ciudadana. Hoy y aunque el dominio de la fábrica catedralicia puede eclipsar un patrimonio histórico principal, Burgos aún conserva numerosas huellas deudoras de nuestra senda: la entrada, en el conjunto ejemplar de puente, puerta y templo, dedicado aquí a otro personaje hecho santo a la vera del camino, Lesmes, que atendió el inmediato hospital de San Juan evangelista. La tumba de un franco dedicado a los peregrinos recibía así a los numerosos compatriotas que llegaban y, muchas veces, se asentaban definitivamente en la ciudad. La calle de san Juan, de sabor y traza medieval, conduce desde allí a la catedral, soberbia edificación gótica de aspecto plenamente europeo, pues a la traza francesa une los detalles nórdicos de sus torres con agujas. Es obra iniciada por el maestro Enrique, también artífice de planos para la de León, en significativa conexión caminera, que a lo largo de los siglos logró amalgamar distintos estilos en sabia síntesis. Descuella singularmente la sutileza de sus capillas funerarias, joyas del gótico final, o el completo repertorio de arte escultórico y pictórico en uno de los conjuntos artísticos más importantes del país, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. En ella, de nuevo, otra imagen, el «Cristo de Burgos», ofrece su tutela a los peregrinos con leyenda milagrera y prodigiosa.






Catedral de Burgos, soberbia edificación gótica

Conjunto de San Lesmes





Con apenas tiempo para asimilar tal enormidad, salimos de Burgos por otro puente sobre el Arlanzón, el de Malatos, para arribar al poderoso Monasterio bernardo de Las Huelgas Reales, fundación de Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet (finales del XII) y panteón regio, que custodia la imagen articulada de Santiago «del Espaldarazo», versión divergente del Matamoros, dispuesto a armar caballero a los reyes (como sucediera con Fernando III), aparte una singular colección de telas y otros objetos medievales. Muy cerca, el Hospital del Rey, otro flamante centro de acogida que en su día contó con traductores, enfermería, asistencia a todas horas, junto al cementerio de peregrinos de san Amaro: otro franco canonizado nos despide de Burgos… Hoy este lugar ha sido adaptado a funciones universitarias.






Monasterio de Las Huelgas, en Burgos, que impresiona por su aspecto de fortaleza





La sexta etapa del Calixtino, de Burgos a Frómista, discurre por llanuras antaño pantanosas donde diversos hospitales daban sentido a Rabé, Hornillos, Olmillos de Sasamón, Castellanos y Hontanas, ya a la vera de las ruinas góticas de la que fuera casa madre de la orden de los antoninianos, dedicada a tratar la enfermedad del «fuego sacro o de san Antón», gangrena producida por ingestión de cereal afectado por el hongo cornezuelo. La asistencia de los monjes, lógicamente, se extendió pronto a los caminantes. Divisamos Castrogeriz a un par de Kilómetros, dominada por el cerro que da asiento a las ruinas del castillo (el castrum Sigerici) y que defendiera la línea ganada a los musulmanes. Esta atalaya natural y humana obliga a rodear la Kilométrica calle en torno a la que se dispone la población así como la excolegiata de Santa María, cuya imagen se cita en diversas Cantigas de Alfonso X, o las iglesias de San Juan y Santo Domingo, especialmente.






Iglesia de San Martín de Frómista, uno de los edificios románicos más importantes de España






Más allá de Castrogeriz cambiamos de valle y de provincia. La moderna demarcación, empero, responde a una vieja disputa, pues si el anterior límite burgalés era imprecisa zona entre castellanos y navarros, la memoria de las disputas entre castellanos y leoneses está aquí marcada por dos mojones, Itero del Castillo e Itero de la Vega, hitos o fiteros a ambos lados del río Pisuerga, que salva un memorable y largo puente. Son aproximadamente 60 Km. palentinos oscilando entre el asombro hacia el románico y las desoladoras jornadas de las campiñas cerealistas, sólo aliviadas por los ríos que atraviesan transversalmente nuestro trayecto.






Ruinas del Monasterio de San Antón, en Castrojeriz, el primer monumento que se encuentran los peregrinos al llegar a esta villa burgalesa




En Bobadilla del Camino nos saluda uno de los mojones o señales más sofisticados de la ruta, el rollo jurisdiccional del siglo XV que se hinca en la plaza, signo de justicia. Poco después, Frómista (de frumentum, trigo) cierra la sexta etapa del calixtino con uno de los ejemplares canónicos y primeros del románico peninsular. La iglesia de San Martín, pese a que debe gran parte de su carácter modélico a una restauración de finales del XIX, supone con Jaca y San Isidoro de León los incunables del estilo en la vía que lo difundió. Un capitel, entre muchos, con figuraciones tomadas de la representación de Orestes en un sarcófago romano revela la vivificadora presencia de tiempos anteriores, lentamente sedimentados, a lo largo del trayecto.






Rollo de Bobadilla del Camino






Pero la villa pone otros templos mayores: Santa María del Castillo y San Pedro, la ermita de Santiago o las cercanas esclusas del Canal de Castilla (obra de ingeniería ilustrada navegable en barcazas) son atractivos de esta patria chica de san Telmo, patrono de los marinos.






Canal de Castilla






Población de Campos, Villovieco, Revenga y Villarmentero nos encaminan a Villalcázar de Sirga o Villasirga (literalmente «la villa de la calzada») cuyo enorme templo de Santa María la Blanca parece varado desde el siglo XIII en medio de un caserío minimizado. El desmedido plan templario del edificio nunca llegó a concluirse, pero la cabecera y el crucero (de tres naves) pasman al caminante como lo hace también el majestuoso pórtico con esculturas de la Epifanía y el apostolado, o los sepulcros interiores, con relieves funerarios, de Felipe, hermano de Alfonso X, y su esposa Leonor, aquí enterrados. A escasa distancia, Carrión de los Condes confirma que nos hallamos en terrenos del más estricto feudalismo, alabados por el primer guía y mentor de la ruta, Picaud. Sobre una estación del itinerario romano de Antonino, que a veces coincide con el nuestro, los condes Banu Gómez fundaron el que habría de ser uno de los centros más importantes del Camino, al amparo de las reliquias de los mártires san Zoilo y san Félix, traídas desde Al-Andalus hasta el calor de los peregrinos. Pero antes de su monasterio, Carrión ofrece un convento franciscano (Santa Clara) y dos templos románicos: Santa María del Camino, con excepcional friso caballeresco sobre las arquivoltas de entrada, y Santiago, donde el estupor se hace piedra con el soberbio clasicismo del Pantócrator y su Apostolado, modélicos en la región, y su arco orlado de oficios y costumbres, todo un reportaje idealizado sobre la vida medieval. Al otro lado del río Carrión, San Zoilo ofrece otra lección (descubierta no muchos años ha) de plástica románica, aparte de sus sepulcros nobiliarios y las posteriores reformas, entre las que destaca la renacentista (s. XVI).






Peregrinos descansan en Villalcázar

Virgen de las Cantigas, en la misma localidad

Pantócrator de Carrión de los Condes. Palencia





Salimos hacia Calzadilla de la Cueza (dejando atrás las ruinas y el recuerdo de la poderosa abadía de Benevívere), Ledigos (lugar placentero, laetificus), Terradillos de los Templarios, Moratinos y San Nicolás del Real Camino, que tuviera buen hospital para leprosos, en dirección a otro hito monástico, Sahún, ya en tierras leonesas, atravesando el Valderaduey.

Alrededor de 200 Km. leoneses hacen de esta provincia la más extensamente jacobea, y su intensidad no le va a la zaga. Efectivamente, al sobrepasar la Tierra de Campos topamos con Sahagún, «pródigo en toda suerte de bienes» según el tópico de Picaud, quizá exaltado por su encuentro con monasterio francés tan principal. Surgido al calor de un arquetípico cuto a los mártires Facundo y Primitivo, rescatados del río Cea tras horribles torturas y sepultados en el lugar que dio origen a sucesivas edificaciones altomedievales (VII-X), el cenobio fue escogido por Alfonso VI como puntal de la reforma cluniacense leonesa, que tenía su versión castellana en el citado de San Zoilo de Carrión de los Condes. Este bastión del cambio ritual y social, recibió en buena lógica la visita legendaria del Emperador Carlomagno. No podía ser menos. El campeón jacobeo librará en las riberas del Cea una de sus mayores batallas contra otro Ferragut legendario: el rey moro Aigolando. La víspera del combate un signo hierofánico, de belleza plástica y épica, enaltece la acción bélica: las lanzas de los caballeros destinados a morir en combate florecen y enraízan en la tierra, es el signo de su martirio y la antesala de las fragorosas arboledas que bordean el río, pértigas portadoras de memoria mítica para los peregrinos. Sahagún culmina un rosario de filiales a lo largo de la «ruta canónica», desde St. Gilles, Moissac, Vézelay, Angely, Saintes, San Juan de la Peña, Burgos, Carrión, entre otros. Pero del aquel enorme edificio hoy apenas quedan ruinas, una vez que el pueblo se desquitó de los monjes con ocasión de las leyes desamortizadoras. Obligados por la extensión del texto, sólo anotamos monumentos antaño ensombrecidos por el titán de Cluny, hoy islotes en un caserío desacorde: las iglesias precozmente mudéjares de San Tirso y San Lorenzo; el Santuario de La Peregrina, cuya devoción mariana caracteriza el gótico y se incorpora habitualmente a la vera del Camino (ya se anunciaba en la ermita de la Virgen del Puente por la que se entra a la villa); o el museo que las Mm. Benedictinas tienen al cobijo del arco desmembrado del Monasterio que diera fama a la población.






Ermita de La Peregrina. Sahagún. León






Nos alejamos de la patria de Fray Bernardino (americanista avant la lettre) por otro Puente, cercano al Hospital que hubo sobre el Cea, y nos adentramos en un desabrido páramo sin apenas auxilio en las menciones de los viajeros, que no sean delatoras de la penuria de estos Burgos que ligaron su suerte a la peregrinación y al monasterio ceiense, y como ellos, derivan en cierta atonía. Los nombres se hacen eco de nuestros pasos: Calzada del Coto y Calzadilla de los Hermanos –si es que optamos por la vieja Vía trajana, intransitable en días lluviosos-, o por el Camino Real Francés, cuyo apellido tiene Bercianos, y sigue en el Burgo Ranero, que antaño tal vez abasteciera de suculentas ancas a los paladares monacales, y donde Laffi ( a finales del XVII) viera el cadáver de un peregrino comido por las alimañas y le diera sepultura en cumplida solidaridad de caminante. Y, tras Reliegos, Mansilla de las Mulas, que si a Künig le pareciera «ciudad», a Manier se le ofrece como «villa de poca cosa con muros de tierra amarilla, altos», a veces incluso cubiertos por una plaga de langosta como la que testimonia, de nuevo, el boloñés Laffi.






Murallas de Mansilla de las Mulas





Rumbo a León hemos dejado a un lado Sandoval, cuya fundación también rinde tributo a Santiago por el reencuentro de su patrono Ponce de Minerva con su mujer, regresado del cautiverio al modo de un renovado Ulises. Hoy, el monasterio ofrece su románica ruina a los herbazales y las restauraciones intermitentes. Y, a la otra mano, Lancia, orgullosa capital astur reducida a fuego por Roma, sobre la misma colina que cobija la arquitectura más cristalina del arte mozárabe: San Miguel de Escalada. Tras Villamoros del Camino Francés, el «enorme puente» (Picaud) de Villarente, Arcahueja y Valdelafuente, subimos al portillo de la aljama hebrea (Puente Castro) y divisamos, por fin, León, «ciudad sede de la corte real, llena de todo tipo de bienes», para nuestro guía más antiguo, que de nuevo recurre al topos verbal.






Monasterio de Sandoval






En León, como en Burgos, el camino toma anatomía urbana y su cirugía resulta casi imposible. Se ofrecen tal cantidad y calidad de señales y cicatrices que apenas cabe sino adentrarnos directamente en el corazón romero, adonde nos dirigen las venas enmarañadas de sus calles, convertidas en brocado dentro de la hectárea del campamento romano que dio origen a la ciudad.

Ninguna ciudad como León tan señalada por la abundancia de iglesias y monasterios en la época épica de las peregrinaciones, en la Alta Edad Media: leprosería de San Lázaro y monasterio de San Claudio apenas nos legaron sus nombres, pero desde Santa Ana, los distintos itinerarios posibles se trufan de hitos imprescindibles: Santa María del Camino, parroquia románica de los francos; el mercatum que abraza la cerca medieval agazapada bajo la rotunda presencia del recinto legionario que dio nombre y renombre a la ciudad (la Legio VII gemina); San Marcelo, del mártir centurión, parte de cuya numerosa descendencia hemos conocido ya en Sahagún; la Catedral, palimpsesto interminable compuesto de temas romanas, palacio de Ordoño II, catedral románica, gótica y hasta decimonónica. La archifamosa pulchra, sutil maqueta de catedral gala que conserva el efecto evanescente de sus vidrieras.






Fachada principal de la Catedral de León

Nave central, cuyas bóvedas se alzan treinta metros





Finalmente, la Basílica de San Isidoro asoma ante el peregrino que siempre debió visitarla, tal y como recomienda vivamente nuestro guía poitevino entusiasta de las reliquias, y motivo por el que Fernando II en 1168 modificó y reguló un trazado que conectaba directamente al templo con el itinerario más frecuentado, derribando parte de la antigua muralla de cubos. El templo se cimentó sobre aguas salutíferas romanas, dedicadas al Bautista y, más tarde, al mozárabe cordobés Pelayo, y allí se produjo la más radical mutación ideológica y arquitectónica del León medieval. Fernando I y Sancha lo escogerían para traspasar su vecino palacio del barrio sur, convirtiendo el templo primero en nueva fábrica de un estilo asturiano arcaizante al modo del Valdediós de Alfonso III, y después en cementerio dinástico, cuyo traslado desde Palat de Rey y nueva vocación ecuménica favorecerá un siglo de arquitectura románica ejemplar, talleres de orfebres y eboraria sin parangón, pintores e iluminadores originalísimos, canteros y prodigios famosos que conforman el crisol artístico donde se acuñó la imagen del nuevo reino leonés. Para ello, Fernando había conseguido de Almotamid, taifa sevillano, las reliquias prestigiosas del docto Isidoro de Sevilla en 1063, compañero impagable de los sarcófagos regios que se agolpan a la entrada del templo, bajo las bóvedas en que se anuncia la llegada del Cordero apocalíptico y la Nueva Jerusalén. Un cordero y una intención que también subrayan, en la portada meridional, la legitimidad y éxito de la genealogía de Abraham e Isaac frente al fatalismo astrológico de los ismaelitas, en definitiva, de los infieles musulmanes, condenados a salir derrotados en la promocionada «Reconquista». San Isidoro rivaliza con el Matamoros y se alinea de igual manera en las huestes cristianas: en Valencia, Toledo o Baeza (pendón éste último que aún campea en la tribuna isidoriana). Y comparte otros atributos de la divinidad, en particular el poder taumatúrgico, que antaño se vinculó a los propios reyes hispanogodos, o el de la resurrección, o los numerosos prodigios que relata, ya en el siglo XIII, el apologético canónigo Lucas de Tuy.






Portada de San Isidoro. León

Panteón de San Isidoro, la "capilla sixtina" del románico






Salimos, pues, de León, por la trilogía clásica de San Marcos: monasterio, hospital y puente, aquí sede de la Orden de Caballería de Santiago en este Reino. Pudiéramos, en una alternativa de muchas, acudir, desde este punto, hasta Oviedo (a visitar al Señor y no al vasallo, dicen los vehementes asturianos), atravesaríamos así el Pajares de la colegiata de Arbas, en cuya construcción ayudó un oso ayuntado a los bueyes, según un arquetipo legendario que conocemos ya. Pero continuamos desde León al oeste por la Virgen del Camino, templo mariano prototípico en su leyenda originaria aunque atípico en la forma vibrante de sus esculturas y espacios modernos. Valverde de la Virgen, San Miguel del Camino, Villadangos, San Martín… árida extensión similar al preludio de llegada a León, donde pueblos y burgos tienen siempre un referente y vocación jacobea inequívocos.

Límite y ligazón, los abundantes ríos que atraviesa el peregrino, esos costillares del camino, se funden con el pavimento en multiformes puentes que tienden auxilio a cambio de unos instantes concedidos a la meditación contemplativa. En uno de estos, sobre el río Órbigo, una desmedida longitud presta ambiente y casi obliga a la gesta caballeresca de una época que, pese a su lejanía respecto al momento mayor de la peregrinación, refleja los nuevos cauces del sentir jacobeo en la tardía Edad Media. Allí donde ya Alfonso el Magno venciera a la morisma, con ayuda de Bernardo del Carpio, en el puente que une los dos barrios, el del puente y el del hospital de San Juan, el leonés Suero de Quiñones plantó sus justas amorosas durante treinta días, en el verano de 1434. Las comentamos en otra parte de este texto, pero baste recordar aquí que la proeza del enamorado Suero puede interpretarse como parte del espectacular crepúsculo de la Edad Media, final, también, de la etapa de esplendor jacobeo, debido al trueque y difuminación de la intención primera del romero: la devocional. Suero debe hazaña y viaje a sus pasiones humanas, por mucho que las inscriba, aún, en el paisaje de nuestra ruta. Es un episodio vesperal de la peregrinación, antes de que esta sea duramente cuestionada por los reformistas (perdiendo así parte de su público más entregado, el noreuropeo) y finalmente abandonada a su suerte por Roma.

Como al llegar a la capital de la provincia, un ligero ascenso invita, después, desde el oportuno crucero, a vislumbrar Astorga antes de atravesar San Justo de la Vega y el río Tuerto. Otra historia y la misma a la vez: campamento legionario (efímero aquí), capital de convento jurídico latino, temprana diócesis cristiana, por tanto, y encrucijada de la Vía de la Plata, sendero morabito agregado a esta vía francígena desde este instante. Asturica Augusta fue legendaria sede apostólica (fundada por Pedro y Pablo), y tuvo como obispo al primer heterodoxo hispano según Menéndez Pidal: Basílides, capitalizó el monacato repoblador, y, tras ser arrasada por Almanzor, desplegó siempre su vitalidad entorno a ese carácter de encrucijada. Actualmente desentierra de cuando en cuando reliquias arqueológicas, mientras el Pero Mato, legendario guerrero de Clavijo, saluda desde otra de las catedrales del Camino, quizás la más ignorada pese a su hermosura, acompañada del extravagante palacio episcopal del arquitecto Gaudí. Por las restañadas murallas, salimos, rectivía, a carreteras de arrieros, aquellos maragatos novelados que desahució el ferrocarril, y recorremos la Somoza por tierras de murias rojas y solas (Murias de Rechivaldo, Santa Catalina de Somoza, El Ganso), hasta Rabanal del Camino, posta obligada en estas soledades premontañosas y final de la Novena etapa calixtina.






Silueta de la Catedral de Astorga. León

Crucero de Santo Toribio, sobre San Justo de la Vega (León)

Astorga. Catedral y Palacio Gaudí

Catedral de Astorga





De la ribera a la montaña, serpenteando entre cumbres prestigiosas (el mítico Teleno nos abruma con sus 2.288 m.) y una desolación subyugadora, iniciamos el ascenso al monte Irago para llegar, en la culminación de la decrepitud, a Foncebadón. Seguimos subiendo, sin mirar hacia atrás, porque nos aguarda la llegada a una de las metas de todo peregrino: la cima del mons mercurii, señal y término, alternativa y tránsito entre dos regiones dispares, Somoza y Bierzo. En su cúspide yerma arrojamos una piedra al montón de guijarros y ofrendas que perfora un madero con una cruz en su ápice. Una piedra o un exvoto traído de lejos o recogido allí mismo, tanto monta, para señalar nuestro paso, para señalar a quienes nos sucedan, para ganarnos el derecho a seguir.

El descenso a la comarca berciana resulta mucho más esforzado que su vislumbramiento y de ello dan testimonio el desamparo de Manjarín o la inverosímil ruina de Labor de Rey. Sin embargo, nos recompensa la llegada, poco a poco, al hondón berciano, dotado de una frondosidad que sabe a Galicia. Aunque pasemos de puntillas, El Bierzo se orla de eremitismo añejo y castizo (Complugo, Peñalba, Montes…) y su espina dorsal es devota de la Virgen, la «Preciosa» sobre el galano puente de Molinaseca, o la patrona de La Encina en su basílica de Ponferrada (la «pons ferrata» del XI), aledaña de la fortaleza que fue alguna vez templaria, ambas asfixiadas en un urbanismo indigno de tal denominación. A través de un fértil y singular país pasamos Camponaraya y Cacauelos, a un lado el castro de la Ventosa y al otro el monasterio de Carracedo, para alcanzar el jubileo anticipado a quienes no pudieron continuar que ofrece la portada del Perdón en la iglesia de Santiago de una nueva Villa-franca, al otro extremo de la región, también al pie de los montes. Si tal cosa nos sucediera perderíamos el apetecible encarcelamiento en ese tajo de verdor con el que el río Valcárcel nos une a Galicia. Castillos amenazantes (Auctares, el viejo Utaris del itinerario romano de Antonino, o Sarracín, preparado al asalto del caminante) bordean nuestro paso por aldeas angostas y longilíneas donde hasta las herrerías estremecían al viajero boloñés, antes de emprender la pavorosa subida de La Faba y Laguna de Castilla, paradójico nombre del último pueblo leonés. Desde la cumbre plena terrible del Mons Februarii, el Cebreiro, a casi 1300 metros de altitud, esta cima, la más abrupta y esforzada del camino francés, fue evitada por numerosos peregrinos que, como Herman Künig, aconsejan tomar la otra vía romana que sube a Piedrahita tal y como lo hace, hoy día, la Nacional VI. Sin embargo, esta alternativa impide una de las más envolventes, duras y fértiles vivencias del camino y, también, conocer en la propia extenuación el sentido de uno de los más renombrados milagros sucedidos a la vera de nuestra ruta. No estamos aún en Santiago, pero hemos ganado el Grial.






Refugio de Manjarín, con las distancias a distintos puntos del planeta indicadas en un cartel
Santuario de la Quinta Angustia, de Cacabelos

Viñedos en castro Ventosa

Un peregrino afronta la subida a La Faba






El resto de la ruta jacobea no necesita mayor presentación, pues Galicia está marcada de parte a parte por este Camino como lo está su enseña por el curso diagonal y azul del río Miño. Sin embargo, y aunque nuestra región motive este texto, debemos concluir, siquiera abreviadamente. El descenso del Cebreiro es engañoso, pues hasta Sarria el peregrino debe afrontar sucesivas ascensiones y bajadas a los diferentes montes y cerros que le ofrece, cada vez menos arduos, la ruta. Antes, hemos dejado Triacastela o el monasterio de Samos (una de las alternativas o desvíos más gustosos de la ruta), entre otras infinitas aldeas y parroquias que siempre prenden una impresión jacobea a nuestro paso. En Portomarín, su iglesia románica almenada antaño de la Orden hospitalaria de Jerusalén, fue rescatada de las aguas embalsadas como el propio pueblo, y domina el paso por el río mayor de Galicia, el Miño. Desde Palas do Rei arranca la decimotercera etapa calixtina, que culmina en Compostela tras atravesar Melide o Arzúa como poblaciones mayores, y debe detenerse en el Monte del Gozo, Monxoi (o Mons Gaudii), primer lugar desde el que se divisa la meta de nuestro viaje, un recorrido que termina y comienza a la vez en el Pórtico de la Gloria de la catedral, donde el peregrino no puede sino callar.






Caserío de Cebreiro

Monte del Gozo, que resume el júbilo de los peregrinos al contemplar desde esta colina la ciudad y la Catedral de Santiago